
De saber lo que le esperaba, María jamás hubiese pulsado el timbre de aquel inmueble gris de la calle General Pardiñas. Sin embargo, empujada por los consejos de familiares y amigos, apretó el botón de la consulta de un psiquiatra de moda. Le habían asegurado que la iba a curar de la melancolía donde se hallaba sumida, refractaria a cualquier antidepresivo.
Al entrar en el portal, oscuro a pesar de ser mediodía, le incomodó el olor a humedad. Al estar situada la consulta en el bajo izquierda, se alegró de no tener que coger el ascensor estrecho como un ataúd. Una chapa dorada adornaba la puerta de contrachapado. A pesar de su tamaño desproporcionado, el nombre y los apellidos del galeno, escritos en letras mayúsculas, parecían estar comprimidos dentro de un espacio demasiado estrecho. Una enfermera con ademán militar le abrió la puerta con sonrisa escayolada. María franqueó el umbral con los pies a rastras. La entrada, a pesar de estar alumbrada con luz artificial, se condensaba, lóbrega, en una ventana con vistas a un patio con tamaño de zulo. Mientras María facilitaba sus datos, se tuvo que apoyar contra el mostrador, presa de una súbita taquicardia. La voz autoritaria de la empleada la empujó sin contemplaciones hacia el pasillo estrecho y largo.
Al fondo, una puerta semiabierta daba paso a un rayo de sol donde bailaban partículas de polvo. Al acercarse María, el rayo se desplego como un abanico, y El, eje de luz, cogió su mano, sin apretarla, como si tuviese miedo de romperla. María, de estatura alta, y al llevar sus habituales zapatos de tacón, tuvo que bajar la mirada mientras el alzaba la suya.
La habitación, luminosa y elegante, era el revés de la trama del edificio, del portal, del ascensor, de la enfermera, del pasillo y de la grandilocuente placa de latón. Frente a la entrada, dos ventanas, teñidas al acido hasta media altura, dejaban pasar la luz verde de los tilos plantados en la acera. Las risas de unas niñas, (era hora de recreo en el colegio situado al otro lado de la calle), se colaban, tintineantes, en el ambiente. Entre los huecos de luz, un cuadro abstracto de tonalidades terrosas, adornaba cálidamente la pared blanca. Debajo, un diván de diseño, de líneas cortantes, ocupaba el espacio y a su izquierda, dos butacas, de piel y acero, estaban separadas por una mesa baja de cristal. El médico fue guiando María hacia la derecha, hacia su escritorio, y con un gesto de la mano la invitó a sentarse. Al hacerlo María se sintió encoger. Absurdamente se acordó de Alicia en el país de las maravillas. Una vez parapetado detrás de la desmesura de la mesa de despacho, EL la llamo por su nombre, tuteándola. Le pidió que hiciera lo mismo. María, de timidez enfermiza, empezó a contarle con fluidez sorprendente, los síntomas de su enfermedad. Mientras tanto se observaban mutuamente. María se fijó en el pelo oscuro, liso, brillante, largo; una melena corta. Se fijó en los ojos oscuros salpicados de puntitos dorados. Se fijó en la cara dulce y juvenil iluminada por una desacostumbrada empatía. No reparó en la nariz de ave de rapiña ni en la boca trazada con punta de cuchillo. María comprobó con agrado que no la habían engañado. A parte de tener fama de ser un gran profesional, el hombre de cincuenta y cuatro años, sentado en vis a vis, emanaba encanto y sencillez. Al terminar el tiempo y al recibir el suave apretón de manos, María noto que algo fallaba. Era demasiado alta. Pago a toda velocidad los 170 euros establecidos y con pies alados fue a comprar un par de zapatos planos.
Pasaron seis días. El séptimo, fue andando a la consulta a pesar de la lluvia. Las suelas del calzado nuevo resbalaban sobre la acera mojada.
Durante más de un año María siguió el mismo trayecto, todos los martes, a la misma hora. Se sentaban frente a frente, separados por la mesa de cristal. Empezaron a hablar de su infancia. Al evocar ciertos recuerdos María lloraba y EL la consolaba como nadie la había consolado nunca. Le daba la mano y la acompañaba sin desfallecer en cuevas inmundas plagadas de roedores. Sumergida en la inmundicia de angostos laberintos, su voz la guiaba y sus ojos la inundaban de luz. Con infinita paciencia desataba minuciosamente cabos incrustados en la piel hecha llagas. María empezó a sentir como sus venas resecas se convertían en torrentes impetuosos. Después de cada consulta, salía con la cara alzada al cielo, respirando con ansía el aire saturado de olores nuevos. Su cuerpo se lleno de huesos, de contornos desconocidos. Filtrada por el tamiz de SU mirada se iba convirtiendo en la mujer que era y no había tenido el valor de ser. EL la había creado. Lo adoraba. Se lo confesó. Le dijo que se calmara, que su reacción formaba parte del proceso de curación. Recetó un tranquilizante. Al ir a comprarlo no se lo pudieron dar por estar la receta a medio rellenar y absolutamente ilegible.
Semana tras semana, María volvía a confesar su amor. EL, sonreía, visiblemente complacido, los ojos rebosantes de luz. Un día, al entrar en la consulta, encima de la mesita había una vela. La había comprado para ella. La encendió. Olía a jazmín. Al terminar la sesión, en vez de darle la mano, la atrajo hacia el enlazándola con fuerza por la cintura mientras le acariciaba el pelo. La sangre de María se paró, no llegaba el aire a sus pulmones. Solo el desconocido y maravilloso olor del cuello prohibido pegado a su nariz. Cuando EL la soltó, esquivó la mirada y no la miró. María sacó de su cartera los 170 euros con gesto de autómata averiado. Se quedo toda la semana en la cama, aferrada al segundero del reloj, esperando la próxima cita.
Todos los martes la llevaba de paseo en el silencio compacto del deseo suplicante de María. Buceaban al unísono en un mar enverdedecido y cuando se acababa el tiempo se fundían en un abrazo ingrávido. EL le llenaba las manos de besos ligeros mientras sus ojos la adoraban bizcamente. María mendigaba una cita. EL se la negaba alegando su ética profesional mientras su mirada amarilla se enroscaba alrededor del cuerpo de María antes de tragarla de un lengüetazo.
Tras año y medio de tratamiento, en el último día de consulta antes de las vacaciones, EL anunció a una María atónita, que la consideraba curada. Por lo tanto su labor como médico había terminado, por lo tanto, si ella lo deseaba, la invitaba a tomar una copa esta misma tarde. Al acabar los cuarenta y cinco minutos, en vez de un abrazo, María recibió una carta. Varios folios escritos a máquina donde se explayaba escuetamente sobre su apego a su mujer y a sus hijos, largamente sobre sus tendencias narcisistas y brevemente sobre su afecto por ella, la elegida.
María llego a la cita con media hora de adelanto. El con media de retraso. Le propuso dar una vuelta en coche. Por los altavoces, Bebo tocaba el piano mientras cantaba el Cigala. Delante de un pinar, María LE suplico parar. Accedió a su deseo. María lo empezó a besar, saciando una sed largamente reprimida. Los besos, devueltos en perfecta simbiosis, se volvieron apasionadamente eternos. María, cálidamente acurrucada entre sus brazos, vio asomar en los ojos adorados, prendidos a los suyos, unas lágrimas. Una voz sollozante le murmuro al oído cuanto la quería. Honestamente. Siempre podría contar con EL. Y muy bajito, tan bajito que María no supo si lo había oído, le susurró que llevaba una larga temporada muy perdido, muy loco. La palabra cabrón se disolvió en el aliento compasivo de María. Se despegó de ella. Giró la llave de contacto, puso las manos en el volante, empezó a conducir y con la vista atenta en la carretera quedó en llamarla. El tiempo había acabado y al cerrar la puerta María estuvo a punto de sacar la cartera.
María, psíquicamente agotada de llamar a un móvil siempre apagado y de no recibir ninguna llamada, cayó en un letargo negro. A mediados de agosto, desesperada, llamó a la consulta.
La voz añorada, amada, venerada, pronuncio un deslumbrante, ¿dígame?
- Soy yo, María, amor, si supie…..
Una voz metálica pregunto con sorna-¿Qué María? Perdone, pero tengo muchas en la consulta-
María sollozó sus apellidos y mientras una voz de hierro la acusaba de haberlo seducido con sus artimañas, la maldecía por haberlo dejado hundido en un pozo, María sintió como los cabos acerados de las palabras se iban enredando alrededor de sus piernas dejándola inválida. Y cuando, El, hecho multitud, colgó el teléfono, los brazos de María cayeron al suelo como dos ramas secas desprovistas de sabia. La cabeza, manzana podrida soldada al teléfono, aguantó una milésima de segundo más antes de desprenderse del tronco. Del auricular se escapaba un zumbido, vacío sideral listo para rellenar el silencio de una fosa marina negra como un sepulcro.