Un recuerdo

banksy

Era un domingo y era la primera vez que me autorizaban a comer con los mayores. Tenía seis años. La mesa era rectangular cubierta con un mantel blanco. Mi padre la presidía en un extremo y mi madre en el otro. Mis dos hermanos enmarcaban a mi madre. Mi hermana mayor y yo a mi padre. Al ser la mesa muy alargada, estábamos muy distanciados los unos de los otros. Mi padre tenía cuarenta y dos años. Al crecer me di cuenta que era de estatura media pero, aquel día, me pareció un gigante.

Al empezar la comida, estaba sentado muy recto y callado, inspeccionando la mesa para ver si estaba todo en orden. Alisó el mantel con la mano, colocó sus cubiertos y alineó sus copas. Sus labios finos esbozaron una media sonrisa. Después nos observó cuidadosamente y cuando su mirada azul metálica cayó sobre mí, sentí que algo no iba bien. Baje la mirada, roja como un tomate y dejé de balancear las piernas. Mi padre y mi madre no eran grandes conversadores y los hijos teníamos que pedir permiso para poder hablar.
Trajeron el primer plato. A mis padres les sirvieron ostras, a nosotros zanahoria rallada.
Era primavera, la ventana del comedor estaba abierta y se oía nítidamente el sonido de las campanas de la iglesia de nuestro barrio.
Mi padre, después de servirse una copa de vino blanco, empezó a comer las ostras. Con un tenedor pequeño de borde afilado, separaba el molusco de su concha girando la mano en un movimiento breve y conciso. Acercaba la concha a la boca, cerraba los ojos, olía el yodo y sin apenas abrir los labios sorbía la ostra. No la masticaba, la guardaba encerrada entre la lengua y el paladar hasta deshacerla. Saboreó así una docena. Su cara, de facciones tensas, se empezó a relajar. Sus ojos se dulcificaron. Entre ostra y ostra acercaba la copa a su boca. El vino estaba frío y el cristal cubierto de una película de agua condensada.
Trajeron el segundo plato, un solomillo asado, que mi padre trinchó en la mesa.
La conversación se hizo más fluida y mi padre y mi hermano mayor, un adolescente de dieciocho años, empezaron a hablar de football.
Mi padre trinchaba el asado. Sujetaba la pieza firmemente con el tenedor y hundía el cuchillo suavemente en la carne, blanda como la mantequilla. Nos sirvió a todos y se reservó un filete espeso muy poco hecho perlado de gotas de sangre.
Vertió vino tinto muy oscuro en una copa de boca ancha. Giraba la copa en un lento movimiento circular hundiendo la nariz en ella. Probó un poco de vino enjuagándose la boca con él. De nuevo cerró los ojos sonriendo gozosamente. Empezó a comer. Oía sus molares hundiéndose en la carne al masticarla con suavidad. Se sirvió otro trozo tan tierno que al cogerlo temblaba.
Al terminar su plato, los ojos ligeramente vidriosos, se dejo caer distendido contra el respaldo de la silla .Ya no parecía importarle el desorden reinante encima de la mesa. Empezó a hablar en tono jocoso de la novia de mi hermano, una monada de curvas generosas.
.
Llegó el postre. Un soufflé de chocolate. Lo habían hecho para mí. Era una bola esponjosa. Mi padre me cogió encima de sus rodillas. Mientras hundía el cucharón dentro
de la masa humeante, el olor a cacao me llenó la cabeza de
dulzura amarga y el calor de las piernas de mi padre calentó mis piernas desnudas. Me introdujo una cuchara rebosante de soufflé en la boca y mientras se deshacía el dulce en el paladar, me dio un beso en el cuello.
Dejó que me apelotonara contra el y cerré los ojos mientras me acariciaba el pelo perdida en el perfume de su cuello.

Anne Fatosme

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