Un beso

doisneau-robert-le-baiser-de-lhotel-de-ville-paris-1950-78000311Nos acaban de presentar y sin embargo andamos cada vez más despacio intentando acortar a cada paso la distancia tácita impuesta entre desconocidos. Nuestros brazos se rozan y a pesar de la chaqueta la piel se eriza. Nos paramos en un mismo movimiento frontal. Se acerca, me acerco. Su mano se desliza sobre mi nuca escondida bajo el pelo. Mi boca impaciente se adelanta a la presión de sus dedos acariciando el vello de mi cuello. Nuestras bocas se abren voraces, olvidando los besos de reconocimiento, gentilmente superficiales. Protegidas por el sello hermético de los labios nuestras lenguas se buscan confusamente, se mezclan, se rebuscan en la oscuridad entrevenada de los parpados cerrados. Nos enredamos como algas sin aliento en profundidades submarinas de torbellinos afrutados. La punta de su lengua temeraria explora mis encías con dulzura de miel mientras mi cabeza se rinde voluptuosamente a la sabiduría de su mano labrándola mansamente. Nuestras lenguas se acunan maternalmente enroscadas, tan tiernamente que mis oídos se abren al bullicio olvidado. Entreabro ojos esclavizados y veo reflejada en su mirada una vampiresa loca de deseo. Un brusco movimiento de resaca nos aspira de nuevo vorazmente en la caverna maravillosamente dentellada de nuestras bocas omnívoras.

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