Esperando en la T4

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En la T4, esperando el avión para Chile, cansada por la luz, la espera y el ruido, mis ojos siguen el recorrido recto de los tubos amarillos que sujetan la estructura del edificio para abrirse parabólicamente cuando alcanzan el techo. Y pienso en Rogers, creador de esta obra. Mi mente vuela hasta el centro Pompidou concebido por el mismo hombre treinta años más joven (siempre y cuando la juventud se pueda medir en tiempo). En unas fotos suyas, ojeadas en la revista española Croquis, su energía creativa sale a raudales por los ojos pulverizando el papel. Unos ojos a lo Clint Eastwood, con el cual estoy contemplando, desde el restaurante Georges, las azoteas parisinas charlando animadamente (el idioma se me escapa) sobre la exposición recorrida previamente juntos. Recuerdo una inocentada ocurrida hace unos veinte años, un primero de Abril, día oficial de las bromas en el país vecino. El periódico Le Monde hizo pública la decisión del gobierno de transportar el denostado museo a Dunkerque, decisión, por cierto, aplaudida por un amplio consenso. Al oír la anécdota, Clint suelta una franca risotada pronto desvirtuada por los tintes metálicos y apremiantes de una voz femenina (por decir algo) que nos insta a embarcar sin demora por la puerta 58.

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