SMS abandono en tres secuencias (1ª Parte)

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Mañana en Cape Cod. D.Hopper

Primera secuencia.
Estaba a gusto paseando despreocupamente entre los puestos del mercado ubicado, como todos los miércoles, en la plaza del pueblo, y charlando con los campesinos y pescadores, muchos de ellos, cómplices de trastadas infantiles. Me dejaban hundir los dedos en el rocío terroso de las lechugas mientras mordía la carne prieta de una manzana. En la pescadería, en medio de los peces arqueados, una cuarentona cuadrada, antigua compañera de juegos, raspaba una lubina salpicando mi camiseta de escamas brillantes en medio de una charla incesante.
Al llegar a casa, situada encima de un pequeño cabo rodeado por el mar, no estaba su coche. Al ausentarse, era muy precavido en cerrar puertas y ventanas. La puerta de la cocina estaba abierta de par en par. Algo extrañada, deje la cesta de la compra en el suelo, abrí el frigorífico y cogí una botella de vino blanco con dos copas. Me dirigí hacia el bosquecillo de pinos marítimos situado en la parte oeste del jardín. Dos años atrás, habíamos colgado una hamaca de algodón blanco de las ramas de los árboles. Era amplia, cabíamos los dos pegados como siameses. Dejé las copas y la botella en el suelo, apoyadas contra un tronco cercano. Al tumbarme, me fije que el blanco de la tela estaba teñido de verdín mientras el pinchazo de unas agujas de pino me hizo respingar. El verano lluvioso nos había castigado sin jardín. Hoy iba a ser un día perfecto.
Me levanté y sacudí la hamaca, se cayeron casi todas las espinas menos algunas enganchadas a la trama de la tela. Me volví a tumbar gozando del momento y en un mismo movimiento, me quité las alpargatas distendidas por el uso y alargando la mano me serví una copa de vino mirando como el cielo se juntaba con el mar en un mismo acorde transparente. Cerré los ojos saboreando el vino seco y afrutado y el olor a clorofila salada de la hierba. El mar en calma estaba silencioso y podía oír el canto de los polluelos de la granja de al lado y las risas de unos niños jugando con ellos.

Noté la vibración del móvil en el bolsillo de los vaqueros. Era un mensaje de un número privado. “Ya no te quiero. No sabía cómo decírtelo.”Incrédula, marqué su número. Una voz metálica me informo que este teléfono no pertenecía a ningún abonado.

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