En un lugar de la Mancha (Normandía)

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Eugenio, pescador de profesión, amarraba la boya de su barco, desde hacia más de cuarenta años, a un delgado y retorcido hierro que al bajar la marea despuntaba en el lodo. El mes pasado, un fuerte temporal, al llevarse gran parte de los sedimentos del puerto, dejó al descubierto una bomba sin explotar caída durante la segunda guerra mundial. Eugenio huérfano de padre, hecho pedazos por una granada el día D, había anudado más de 14.000 veces su amada embarcación a un explosivo mortífero en estado latente.
Raúl, un campesino de 80 años, había tenido toda su vida un sueño pertinaz: poseer un tractor potente y moderno. Su mujer se había negado firmemente a semejante dispendio. El año pasado, al poco tiempo de quedarse viudo, Raúl compró un imponente tractor rojo. No cabía por las estrechas cancelas de los campos invadidos por malas hierbas y moreras. Hace un mes lo encontraron muerto colgando de una soga atada al retrovisor.
Hace diez días, un barco de pesca atrapó en sus redes, en las frías aguas del canal de la Mancha, una ballena jorobada, mamífero de aguas templadas.
La semana pasada dos submarinos nucleares de tecnología punta, uno fabricado en un prestigioso astillero local, y otro de bandera inglesa, chocaron en el océano atlántico. Concebidos para pasar desapercibidos no se detectaron. Afortunadamente al navegar a velocidad reducida, la colisión no tuvo consecuencias. Si en el resto del mundo esta noticia produjo cierto temor, aquí ha provocado una gran alegría. Los ingenieros, obreros y mecánicos que contribuyeron a construir el sumergible no cabían en sí de gozo al haber engendrado un artefacto tan perfecto. De todos modos no deja de resultar asombroso que en nuestro planeta, por algo denominado azul, se tropiecen dos submarinos cuando solamente once están autorizados a navegar simultáneamente en nuestras inmensas superficies liquidas.
Hoy, viernes veinte de febrero del 2009, el día ha amanecido fresco con flecos de niebla agazapados en las praderas. A las once, un sol velado y débil ha empezado a teñir el cielo gris humo de un rosa extremadamente claro con transparencias de opalina. Abrigados tras altos muros de granito, los arbustos de camelias están cuajados de flores y las mimosas perfuman el aire invernal.

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