Escalera de color

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René Magritte

Merry se sentó frente al escritorio. Rasgó el sobre. Le temblaba el pulso. Leyó la carta una y otra vez buscando entender las cifras: la cartilla de ahorro de los niños estaba vacía. El único que podía sacar el dinero, aparte de ella, era Fred. Abrió el cajón cerrado con llave donde guardaba las facturas y el escaso dinero de su sueldo. Sacó gastadas barajas disimuladas tontamente bajo varias carpetas. Con manos sudorosas apachurró el recibo. Con una tijera cortó los naipes en pedazos. Tiró el embolado a la chimenea. Un fogonazo alumbró las cenizas todavía calientes. Merry se derrumbó encima de la mecedora. Empezó a balancearse violentamente. La cabeza rebotaba, blanda, contra los laterales del rocking-chair. Los niños interrumpieron sus juegos. La observaron extrañados.
El temblor de las manos se había vuelto incontrolable. Las escondió debajo del jersey y se levantó para preparar la cena. En la cocina se tomo ginebra. A morro.
Eran las dos de la mañana cuando oyó unos pasos inseguros crujir encima de la gravilla, resbalar sobre las escaleras de piedra y detenerse delante de la puerta. Notó una llave raspando reiteradamente la madera, antes de introducirse en la cerradura.
La silueta maciza de Fred se recortó sobre un rectángulo de noche estriado de lluvia. Merry oía como caían gotas de agua del jersey de Fred sobre el suelo enlosetado. Hormigas subterráneas, anidadas en el estomago se dispararon rabiosas adueñándose de su cuerpo. Abrió y cerró las manos rítmicamente intentando espantarlas.
Fred dio al interruptor situado al lado de la puerta. La luz blanca de la entrada caía a plomo sobre los hombros dejando su rostro inclinado en penumbras. Merry observó como al subir la cabeza, arqueaba las cejas al verla sentada en el diván. Llevaba tres días esperándolo, tres días sin pegar ojo.
Con cara hermética, Fred se dirigió hacia la cocina. Volvió con un whisky doble rebosante de hielos. Se dejó caer, junto a ella, con todo el peso. Crujieron los muelles. Despedía un olor a sudor rancio. Presa de nauseas, Merry se arrugó sobre sí misma, encogida al máximo.Las hormigas trepaban hasta el cerebro, cavando finos túneles a través de las sienes. Los hielos se entrechocaban en medio del silencio.
Al rozar la tela del sofá donde tantas veces se habían abrazado, una marea de sollozos quedo estancada en la tripa profunda y oscura de Merry. Una escalera de color bloqueaba el paso.

7 pensamientos en “Escalera de color

  1. Intenso. Lo del hormigueo ha estado genial, el modo en que describió el estado nervioso, la tensión en la boca del estómago.
    Genial, si. La felicito.

    Un saludo desde la Colina del Loco

    • Me parece genial que le parezca genial, aunque sea una sola palabra. Gracias.

  2. Muy peculiar tu modo de escribir,me gusta,es diferente,no habitual ni estereotipado.
    Espero no haberte molestado con mi comentario(quizá impertinente-soy así-) de ayer.
    Saludos

    • No me ha molestado en absoluto su comentario. Todo lo contrario, me agrada la gente con sentido del humor.

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