Dos meses más tarde, cien años más viejos (1ª Parte)

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Bar del Hotel Lutetia. Alain Bouldouyre

Marc paseaba por los Jardines de Luxemburgo. Daba vueltas al estanque como un león enjaulado ajeno a la dulzura del sol de septiembre. Esquivaba, rabioso, las parejas enamoradas de andares torpes delicadamente entrelazadas. Los gritos de los niños jugando le exasperaban. La belleza ojiza de los árboles lo llenaba de melancolía y la suma de todos estos elementos acentuaba aun más la insoportable rigidez de
Rememoraba obsesivamente aquella noche de julio, atrozmente lejana, en que la conoció.Estaba tomando una copa en el bar del Lutetia después de un frustrante día de trabajo. La negociación había sido dura. Le habían renovado el contrato para su empresa de microprocesadores a precio de saldo. Los buitres volaban bajo. El tintineo de los hielos en la copa ahuyentaban en círculos concéntricos el desagradable aleteo.El local estaba casi vacío, sordina estival del acostumbrado bullicio parisino. La luz tamizada de los apliques de pared desdibujaba suavemente los rostros. Un pianista japonés tocaba un blues amortiguado por las alfombras y las pesadas cortinas de terciopelo rojo. Rojo como el baúl de su infancia rebosante de juguetes regalados por padres ocupados y ausentes. Rojos como los estuches de joyas regalados a mujeres sofisticas e intercambiables. Abultado listín de teléfonos guardado en una tarjeta minúscula.
La entrada en el bar de una chica muy alta le sacó de su ensimismamiento.Superaba el metro ochenta. Era extremadamente delgada. Tenía el pelo rubio, casi blanco, cortado a lo chico y cara de niña asustada. Unos ojos oscuros, cercados por profundas ojeras, ensombrecían el rostro sin maquillar de facciones finas y pómulos prominentes.
La desconocida se sentó en la mesa de al lado. Pidió un whisky doble esforzándose en la pronunciación. El bolso dejado en suspenso en el borde del asiento cayó al suelo. La joven se agachó para recogerlo. Marc se había adelantado. Al acercarse a ella, aspiró el olor de su piel, ausente de perfume.
Se presentaron. Era rusa. Modelo de alta costura. La habían contratado para presentar las colecciones de la próxima temporada. Tenía dieciocho años, y llevaba tres en la profesión. Era la primera vez que venía a París. No conocía a nadie. Su voz sonaba grave y densa. Fumaba sin parar. Marc la invitó a otra copa. Y a otra en su casa cercana al hotel. Se llamaba Verushka.
Se besaron. Verushka sabía a alcohol y tabaco envueltos en capas de ternura. Sus manos temblaron al acariciar el cuerpo de niña hambrienta. La desnudó despacio. Con miedo a dañarla: la piel tranparente estaba cubierta de ronchones despellejados. Al hacer el amor, Marc se conmovió al ver la desmesura del abandono de Verushka, conjugado en presente y primera persona del plural. Se quedaron apelotonados el uno contra el otro, imbricados como piezas de puzzle pulidas por el uso. Marc, insomne confeso, se quedo dormido, abrazado a ella.
Al despertar, notó un vacío frío. Se levantó de un salto. Rastreó alocadamente el piso mientras el corazón bombeaba el nombre de Veruskha hasta los tímpanos a punto de reventar. No encontró ni una sola huella.
(Sigue)

2 pensamientos en “Dos meses más tarde, cien años más viejos (1ª Parte)

  1. Hola Anne.Vengo del blog del Eternoinsatisfecho.Paso a dejarte un salu2 y veo que te gusta escribir relatos.A mí me gusta leerlos y escribir también.Creo que voy a empezar algo.
    Un salu2 desde el Sur de España!!!

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