Unos baúles de madera

 

BAUL

Catherine, amiga del alma de Nan niña, poseía, en un lugar privilegiado del cuarto de estar, una vitrina de palisandro donde reposaban, en cajas de terciopelo, condecoraciones centelleantes. Catherine  explicaba a Nan niña como esas medallas  habían sido otorgadas a su padre por su heroicidad en la resistencia francesa durante  la segunda guerra mundial. Con ojos brillantes, barbilla desafiante y voz varonil, escenificaba a menudo las proezas bélicas de su progenitor. Estas actuaciones  fascinaban y machacaban a Nan niña. Al volver a casa, donde su padre, trabajador incansable, brillaba por su ausencia y su falta de medallas,  martilleaba furiosamente  la puerta del despacho paterno. Sonaba a hueco. La falta  planeaba multiplicada por dos en vuelo rasante y pesado. Una mañana de primavera, la madre de Nan niña,  le dio permiso para tumbarse encima de la cama de matrimonio, mientras limpiaba y ordenaba el armario del dormitorio, labor que le gustaba realizar sola.  Lo vació por entero y subida en una silla empezó a bajar grandes bolsas de plástico rígido donde guardaba  ropa de verano. En dudoso equilibrio sobre una de ellas una caja de zapatos  cayó abierta en dos encima de la colcha desparramando su contenido. Nan niña se quedó hipnotizada mirando un puñado de medallas  idénticas a las del padre de Catherine. Nan niña miente, no brillaban. Estaban mates y empañadas. La madre al ver lo ocurrido, se bajó de la silla de un salto y en menos de lo que dura un segundo volvió a guardar todo en la caja cerrándola con gesto brusco. Se sentó al lado de Nan niña. A cambio de su silencio le contó el secreto del cofre de cartón. El padre de Nan niña, al igual que el padre de Catherine, había tenido un comportamiento  heroico el día del desembarco. De ese día solo recordaba un riachuelo teñido de sangre. Pasada la euforia de la victoria había tirado las medallas  a la basura. La madre de Nan niña las recuperó y las escondió en una caja de zapatos.

Al poco tiempo de morir su padre, Nan, a la que, ya, nadie llamaba por su apodo infantil,  subió  al desván  de la casa de campo con la intención de ordenarlo. Encontró, escondidos debajo de un montón de cachivaches, unos pesados y rudimentarios baúles de madera. Consiguió abrirlos forcejeando con un destornillador. Estaban llenos de granadas de mano y municiones. Los artificieros al hacerse cargo de los baúles comentaron que había explosivos para dinamitar el pueblo entero.

Desde aquel día, los años han volado, disparados como cohetes. La pólvora, sin embargo, se ha incrustado en la abrumada  cabeza de Nan, incapaz de resolver el enigma de los explosivos escondidos en el desván.

8 pensamientos en “Unos baúles de madera

  1. EN estos casos, no sé muy bien si imaginar a Nan en una silla de ruedas, tetrapléjica por las explosiones y con la cara destrozada, o en cambio haciendo una vida normal, con tan solo unas cuantas cicatrices marcadas en el alma.

    Podría ser un historia real.

    Un saludo

    • Tiene toda la razón, el texto está mal escrito y la escena final resulta incomprensible
      Intentaré arreglarlo.
      Un saludo.

  2. Yo me harto de reescribir relatos que ya hace tiempo que cuelgan. Mi objetivo marcado es escribir sobre la marcha, ilustrar sobre la marcha, sin trampa ni cartón; ya lo has podido comprobar. Evidentemente, esto en ocasiones sale como el culo. Buenos relatos mal escritos o viceversa. Los reescribo para mi sosiego literario, aprendiendo sobre mis propias letras, las cuales apenas recuerdo al repasar. Sería extraño que alguien reparara en la cuestión.
    A mi me enamora como escribes Annita, incluso cuando la historia no me cala, la manera descriptiva con que te desenvuelves me gusta. Le pongo cara a tu mundo, deduzco por tus detalles, comentarios, comparaciones, esta elegante discreción francesa que te viste, la forma en cómo comentas según qué cosas, o que individu@s, las que acentúas, las que sorteas. Los grandes secretos que guardas en el baúl de los recuerdos.
    Como puedes ver, soy algo extenso en mis notas y tú ya me estás costando una libreta.

    Casimiro Notevi/Óptico Çavabien

    • Eduard, pues a mí me encantaría escribirl como lo haces tú. De forma natural, rápida y con chispa. Al ser francesa pienso mucho en las palabras, en su significado y en su sonoridad. Por un lado es una desventaja (tardo mucho) y por otro una ventaja porque puedo escribir en castellano lo que no me atrevería a escribir en mi lengua materna.
      Esto es una postal, mandada desde París.

    • Aunque sea solamente a ratos, espero no perder nunca mi mirada de niña, la que me da poder para seguir maravillándome, por ejemplo y aunque suene cursi, de la forma cambiante de las nubes.
      Un saludo de una niña.

  3. Pues a mi me gusta. Lo que más me gusta que no se entienda del todo, misterios y secretos en baúles de madera. Es una historia que contiene varias historias.

    • Fanou, mi intención era que el relato se entendiera aunque no fuera explícito. No ha salido bien y no pasa nada. Ahora, hablando de mujer a mujer me lo estoy pasando fenomenal llenando los baúles, mejor dicho la maleta, de ropa nueva para el verano.
      Un abrazo.

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