Kalashnikov

 

kalashnikov

 

Al salir corriendo de casa de los abuelos para llegar puntual a la escuela, el niño se extraña. No oye el ladrido de su perro, primicia de un inmutable ritual matutino, compuesto de  coletazos frenéticos acompañados de lametazos tiernamente rugosos. Inquieto, el niño recorre el huerto. Ha llovido durante la noche y sobre el barro solo se marcan las huellas superpuestas de las zapatillas. El niño, inquieto, sabe que su perro duerme siempre en la  caseta. Sale a la calle disparado, dejando caer en el suelo la mochila. Suena pringoso. No tiene que empujar la puerta de madera que le separa de la calle. Esta abierta. Ansioso, no se fija. En la calle de la aldea sin asfaltar no hay nadie. Solo se oye el ruido del tubo de escape, a punto de caerse en cada bache, del destartalado autobús escolar que ya no va a coger. El niño corre, llamando a su perro. Rastrea el monte que le rodea. No encuentra nada. Corre cada vez más deprisa llevado en volandas por la cuesta abajo  hacia la vivienda de sus padres situada  al pie de la montaña. El sol ardiente del mes de Junio pega duro en la cabeza. El cielo demasiado azul agrede los ojos. Llega al pueblo de sus padres. Un pueblo fantasma de casas calcinadas. Basurero lleno de colchones destripados, de muebles reventados cubiertos de basura, de latas de refrescos abolladas. Ha oído a los abuelos, hablar entre cuchicheos, de bandas que vienen a divertirse entre los escombros. Se dirige hacia la casa familiar, no porque la recuerde. Era un niño  cuando quedo destrozada con sus padres dentro apresados por las llamas. La recuerda porque los abuelos se la enseñaron. Para que no olvide. Al acercarse al antiguo huerto, oculto bajo altos hierbajos, aspira un olor nauseabundo. Intenta aplastar el latido virulento disparado en la  base del cuello. Se tapa la nariz, cierra los ojos, sigue avanzando, atento al ruido de los pies tumbando malas hierbas. No nota el escozor de las ortigas. El zumbido de un enjambre de moscas le llena la cabeza. Tropieza con una masa blanda. Entreabre los ojos y lo ve. Las pupilas se agrandan comiendo el iris, se tapa la boca para reprimir el aullido. El olor viscoso de su perro desagregándose, se cuela por la garganta, se incrusta bajo la piel de la tripa, almibarada pompa de chicle reventada por los huesos dentellados de la espalda. No puede respirar, no quiere. Pero sabe que el olor de las vísceras desparramadas  ha quedado  impregnado en las suyas. Se derrumba, miserable de sufrimiento. No solloza ni siquiera llora. No sabe. O quizá no tiene lágrimas como  tampoco tiene saliva. Se le han gastado. Tiene la garganta seca. Cuando respira, el aire le raspa como un estropajo. Nota presencias agazapadas entre las ruinas. Le pesa el cuerpo como un saco de patatas. Se levanta, los nervios tensando los músculos de arpillera como arcos. Se dirige hacia un montón de latas vacías, coge un palo y con la ayuda de la navaja multiuso se fabrica una metralleta. Se planta delante de la casa, delante del despojo del cachorro de sus padres, y con gesto arrogante, apunta al horizonte, devorando al enemigo en un castañear de dientes.

9 pensamientos en “Kalashnikov

  1. La amistad del niño con el perro. Su percepción con el mundo, su lenguaje, el del mundo, el primer castigo, la primera injusticia que no entiende, si bien obra en conciencia y esculpe caracter en el alma. La relación fiel y leal, la amistad natural, quebrada por el mordisco que le dio la vida. Y aprendió que la vida mordía y a en ocasiones devoraba.
    Y yo que de pequeño, cuando me prehuntaban qué quería ser cuándo creciera. Mayor respondía ante las risas de los abobados. Que equivocación tan grande.

    Peter Pan

    • Creo que el crecer, no tiene nada de malo, siempre y cuando se mire el mundo con ojos de niño. Asombrados, por ejemplo, de los rebotes de un guijarro en el agua.

  2. Me sigue sorprendiendo usted. Se desliza con idéntica soltura en una narrativa exquisitamente erótica como en un género absolutamente negro y pasa, sin despeinarse, de un cuento onírico al drama más profundo. ¡Bravo!

    • Su cumplido me halaga mucho Ricardo. Pero tiene un explicación muy sencilla. Soy sensible, soñadora y sensual como muchos otros seres humanos. En cuanto al genero negro, estoy siguiendo un curso de criminología y no hago más que aplicar unas enseñanzas.

    • Trato hecho Dillinger. Mañana me voy dos semanas a Ecuador. A la vuelta donde quieras. Elijo florete. Nada de madrugar. Privilegio de mujer.
      Cyrano con faldas

  3. Dear Anne… Nuevamente logras con una elogiable brevedad crear la atmosfera necesaria para un desenlace brutal, aunque imaginario, de la rabia de niño y su AK-47 de juguete, aunque en la realidad, lamentablemente, ya ha sucedido repetidas veces.
    Saludos

    • Dear Michaelangelo, me da una pena terrible los niños, víctimas inocentes de las guerras y marcados a fuego por su violencia indiscriminada. Siento una profunda empatía por todos ellos.
      Un saludo

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