Pena Azul

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Yves Klein

El pintor, perdido dentro de la camisa acartonada de pintura, contempla, bloqueado, el lienzo en blanco, rodeado de tubos desparramados. Un desparrame seco, como su dolor, enquistado en la boca del estomago. Metástasis expandida, dura, en los recovecos blandos del cerebro. El azul de las paredes del estudio lo anestesia.
Recuerda otras paredes. Blancas. Ella, ubicada en sus brazos, transparente y carnal. El, mirando en el espejo su cuerpo de hombre moldeado milimétricamente por ella. Artesana paciente, fraguada en el mismo barro horneado sin descanso. El de nuevo. Buzo de su mirada, diminutos agujeros negros expandidos en iris rebosantes de azul. Arqueólogo experto de su boca tierna de besos, vibrante de susurros. Explorador de su nuca, territorio virgen escondido bajo la jungla del pelo, volcán en activo y sin embargo nacarado, al alcance de su mano experta.
La escultora, artista de series limitadas, hastiada del modelo, reproducido en masa, se va, pegando un portazo. El espejo estalla en pedazos, llenos de ojos, mejillas, dientes, labios. Encima de la cama, el pintor yace, quebrado por exceso de cocción.
El pintor quiere curarse del recuerdo candente. A veces lo consigue de tanto implorarlo. Pero cuando nota como el olvido apaga sus sentidos, llenando su cuerpo de ecos mudos, el pincel enloquecido se hunde en el azul amado, implorante de deseo, tatuado en la retina.Inabarcable en la oscuridad imprecisa de la memoria.

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