Almorzando en el Retiro

Retiro

Raquel sale disparada del despacho, calle Serrano, numero cuarenta y ocho. Dispone de una hora acordada en el convenio de la empresa con ticket restaurante incluido. Tres mil seiscientos segundos de libertad. Raquel, esprínter con tacones, empieza una carrera de obstáculos donde sortea  bulldozers, apisonadoras, compresores y rodillos vibradores monocilíndricos. Las máquinas resquebrajan el aire compacto con sabor a metal. Distraída un instante por un escaparate Raquel se da de bruces contra un generador. Un trabajador, sacudido por un martillo neumático, tose dentro de su mascarilla acentuando un poco más la vibración del torso atornillado. Raquel acelera el paso, acoplándolo al segundero. Llega a la Puerta de Alcalá, atascada. Cruza la calle a paso de carga. El peatón verde del semáforo parpadea, parpadea. Raquel, sudorosa, franquea la puerta del Retiro. En Madrid, a finales de Septiembre, todavía hace calor.

Tuerce enseguida a la derecha, evitando los grandes ejes. Recorre, gozosa, unos senderos donde reina una penumbra verde y esponjosa. El ruido de la ciudad se atenúa, puesto en sordina. Hojas rojas de castaños crujen bajo los pasos vueltos indolentes. Huele a musgo, a bosque secreto. Su cuerpo se acomoda en la hierba, perezoso. La mano saca a tientas el almuerzo del bolso y una botellita de agua mineral. Quita el tapón y acerca el gollete hacia la boca sedienta. El paladar disfruta  la frescura de cada sorbo, deseado y largo.

La viejecita de siempre, vestida de negro y calzada con zapatillas  de felpa, se sienta, puntual, encima de su banco. De una bolsa de lona saca el cartón de leche, la escudilla y un resto de hogaza. Mientras desmiga el pan seco, unos gatos callejeros, se acercan runruneando, rozando familiarmente las piernas azuladas. Una espalda encorvada cubierta de una chaqueta de lana, entorpece un momento la visión de la escena. Una voz  llena el silencio, urdido sobre la trama de la urbe, y pronuncia un, siempre tímido, buenos días Marcela, rebosante de cariño. El viejo  se sienta, besa la mejilla, deseada, sonrojada, y con gesto aplicado abre el tetrabrik y vierte con cuidado infinito, la leche en la escudilla, bajo la mirada enternecida de Marcela.

El sol se cuela entre volutas de hojas verdes y mientras Raquel saborea cada bocado de su sándwich la envoltura de papel Albal  llena sus muslos de destellos plateados.

9 pensamientos en “Almorzando en el Retiro

    • Javier, te agradezco el comentario. He tenido muy buenos profesores, tú eres amigo de uno de ellos y lo que escribo es fruto de sus enseñanzas…y de mi empeño.
      Un saludo.

  1. Los minutos del día a día, son eternos y a la vez tan frágiles. ¿Será cierto que el tiempo para los viejos pasa más lento, porque lo saborean de otra forma?

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