Un viaje en ascensor en Principe de Vergara número 53.

Abelardo Morell

Abelardo Morell

Marta observa la silueta negra de la clínica del Rosario perfilándose sobre la noche alumbrada de farolas. Ve un grupo piramidal subiendo los escalones. Su espalda se encoge. Siente el temblor expandido. Marta oye el eco de las voces de dos hombres vestidos de blanco acompañando a la comitiva hacía un ascensor de acero brillante. Dentro del espacio, frío y azul, uno de ellos pulsa un botón fluorescente con mano forrada de látex. Se cierran las puertas en un movimiento deslizante y sordo con olor a caucho. Marta ve, emergiendo de una melena enmarañada, los ojos entumecidos, perdidos en el pulido del acero, de una mujer. Joven, en un recoveco muy lejano de la memoria. Dos críos, sacudidos por los sollozos, se agarran a sus piernas. La niña que los mira, apoyada contra la pared de enfrente, invade las pupilas dilatadas de Marta. Tirita con violencia. Marta cierra la ventana por donde se cuela el aire frio de la madrugada. La niña tiene la mirada pegada al suelo de color granito. Las dos ven, al alimón, un pelo brillante y negro surcando la losa. La pequeña se agacha para recogerlo. Al hacerlo, el ascensor se para en una sacudida brusca. El cuerpo infantil cae de bruces aplastando el pelo con la palma de la mano. La niña lo husmea, lo identifica y lo enreda en el dedo anular. La puerta se desliza de nuevo. La luz rectangular del montacamillas alumbra otra puerta de metal de doble vertiente. Al incorporarse, su mirada tropieza con la palabra, morgue, y la de Marta, con una foto. La de su padre. Una cara de hombre joven asomada a la ventanilla de un flamante deportivo.

La instantánea cobra vida entre las manos temblorosas de Marta. El motor del coche trepida de nuevo a ritmo de párkinson, listo para una nueva salida.