Casino de Madrid. Alcalá, 15

 

 Allison Schulnik

Allison Schulnik

Enrique levanta la vista de la mesa de juego. La luz de la araña de cristal le lacera los ojos. La voz  del crupier  le hace bajar la mirada. Apuesta los restos de la herencia de Elena.

La ruleta empieza a girar, boca roja de Elena, lengua enloquecida en el epicentro de su deseo.

Nueve, negro, impar, pasa.   

La mano derecha de Enrique empuja el último taco de fichas. La izquierda tantea la culata plana, guardada en el bolsillo. La sabe pequeña, femenina, nacarada. En su cabeza, incrustada en el pecho amado, se desliza una larva.

 Enrique camina rápido por las calles plomizas de silencio. La ausencia negra resopla en su nuca. Acelera el ritmo, el corazón estallido en las sienes.

Sube a grandes zancadas la alfombra roja del hotel. Al entrar en la habitación se quita los zapatos. Sus pies se hunden en la espesura de la moqueta. Enrique se agarra a las cortinas de terciopelo, se envuelve en ellas,  hundiéndose en el recuerdo rojizo de Elena. Saca el revólver. Su pulso tembloroso de ludópata se vuelve firme. Aprieta el gatillo, seguro de dar en la diana. Bajo el impacto de la bala el cerebro estalla. La mirada de chucho apaleado de Elena viéndolo llegar, derrotado, a las cinco de la mañana se disuelve, la pistola de  nácar sacada del bolsillo de la bata, con dexteridad de mago, deja de brillar, el disparo ya no rebota contra las cavidades de su cabeza hueca, mareada, tan mareada, por exceso de rotación.  

Al  derrumbarse, las fichas plastificadas que Enrique olvidó cambiar, se desparraman del bolsillo del esmoquin salpicando la moqueta negra de colores alegres.

 Cinco de la mañana del veintinueve de octubre de 1935

 

 

 

 

 

 

Un viaje en ascensor en Principe de Vergara número 53.

Abelardo Morell

Abelardo Morell

Marta observa la silueta negra de la clínica del Rosario perfilándose sobre la noche alumbrada de farolas. Ve un grupo piramidal subiendo los escalones. Su espalda se encoge. Siente el temblor expandido. Marta oye el eco de las voces de dos hombres vestidos de blanco acompañando a la comitiva hacía un ascensor de acero brillante. Dentro del espacio, frío y azul, uno de ellos pulsa un botón fluorescente con mano forrada de látex. Se cierran las puertas en un movimiento deslizante y sordo con olor a caucho. Marta ve, emergiendo de una melena enmarañada, los ojos entumecidos, perdidos en el pulido del acero, de una mujer. Joven, en un recoveco muy lejano de la memoria. Dos críos, sacudidos por los sollozos, se agarran a sus piernas. La niña que los mira, apoyada contra la pared de enfrente, invade las pupilas dilatadas de Marta. Tirita con violencia. Marta cierra la ventana por donde se cuela el aire frio de la madrugada. La niña tiene la mirada pegada al suelo de color granito. Las dos ven, al alimón, un pelo brillante y negro surcando la losa. La pequeña se agacha para recogerlo. Al hacerlo, el ascensor se para en una sacudida brusca. El cuerpo infantil cae de bruces aplastando el pelo con la palma de la mano. La niña lo husmea, lo identifica y lo enreda en el dedo anular. La puerta se desliza de nuevo. La luz rectangular del montacamillas alumbra otra puerta de metal de doble vertiente. Al incorporarse, su mirada tropieza con la palabra, morgue, y la de Marta, con una foto. La de su padre. Una cara de hombre joven asomada a la ventanilla de un flamante deportivo.

La instantánea cobra vida entre las manos temblorosas de Marta. El motor del coche trepida de nuevo a ritmo de párkinson, listo para una nueva salida.

Escarabajos dorados en la calle Huertas.

276janfabre15[1]

Jan Fabre. Escarabajos

Como todos los martes, a las doce en punto, María introduce la llave en la cerradura de la puerta de su estudio. Al entrar en la habitación bañada por la luz que cae a raudales por el techo de cristal, su corazón se expande desafiando los límites de la caja torácica.

Deja caer el bolso al suelo. Tras unas breves sacudidas, los zapatos de tacón siguen el mismo camino. Conforme va avanzando en la buhardilla, tibia de sol, María se va despojando de capas de ropa hasta quedarse desnuda. Libre de trabas se acerca al sarcófago, translúcido y siempre alumbrado, situado en medio de la habitación. Levanta la tapa de cristal  y  con una pinza larga extrae un escarabajo, escogido al azar, entre la masa azul verdosa que pulula, se enreda, copula, naufraga y renace, babosa, rodeada de rigidez mineral. Lo deposita en un bote de vidrio, colgado del caballete a la altura de los ojos, y cierra la tapa de aumento. La cara pegada al envase observa las alas delanteras, duras como escudos. De la repisa,  coge un pincel con delicadeza, lo sujeta entre el pulgar y el índice apoyándolo sobre el dedo corazón. Lo carga  de oleo azul turquesa y pinta una armadura sobre el lienzo en blanco. Se fija en las antenas en perpetuo movimiento, en las mandíbulas desmesuradas, abriéndose, cerrándose, abriéndose, cerrándose, con mecanismo de coronas dentadas. Dibuja una máscara de samurái  devorada por una boca, redonda y negra, carente de ojos y erizada de pinchos. María trabaja con precisión de orfebre. La tarde se va extinguiendo tiñendo la habitación de azul tinta. Con gesto litúrgico  enciende enormes cirios, comprados en una tienda de objetos sacros. Observa su trabajo invadido por las sombras. Levanta la vista y contempla las paredes donde cuelgan decenas de cuadros de escarabajos azul turquesa relamidos por la luz fluctuante de las velas y la del sarcófago,  movediza y rampante.

María desenrosca la tapa  del bote de cristal. El  escarabajo asfixiado, yace boca arriba. Las patas se agitan  frenéticas, braceando baba. Con mano de estatua le da la vuelta al caparazón y lo coge por las puntas de las alas erectas. Abre el sarcófago, se agacha y lo suelta. Promulgada sacerdotisa de los escarabajos, hunde los brazos en la masa movediza  y siente con delectación un cosquilleo alado  subir por sus brazos irisados y deslizarse por la crisálida de su cuerpo.