Desguace de una vieja dama.

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 Retrato de Isabel Rwarthone. Francis Bacon.

La vieja déspota se había quedado sola. Ya no regentaba a ningún familiar, ni administraba haciendas, ni podía descargar su ira sobre sus criados.

El piso donde vivía era su último reducto. Sus paredes sus únicos interlocutores.

Un día de niebla y siluetas descarnadas, la vieja se hizo con un par de gatos que merodeaban por el parque. Macho y hembra. Los alimentaba con los restos de sus  copiosos almuerzos.

Según el portero (que franqueaba mensualmente el umbral del piso con el fin de entregar la carta del banco), los gatos se iban reproduciendo geométricamente. Cada camada era más famélica y agresiva que la anterior, ya que la vieja se negaba a comprarles otra comida que no procediera de la que le sobraba (costumbre ancestral transmitida de generación en generación).

Los vecinos oían maullidos enfurecidos, zarpas arañando las paredes, potentes descargas de latigazos, calma sibilante. Cuando llegó el verano y el calor, un olor a excrementos  empezó a filtrarse por debajo de la puerta.

La comunidad de propietarios, preocupada por esta falta de higiene, en un inmueble tan burgués y respetable, redactó una carta a tan indeseable vecina, instándola a deshacerse de su jauría.

El portero deslizó el sobre por debajo de la puerta (hacía ya tiempo que el miedo y el mal olor le habían disuadido a entrar en el piso).

La vieja no contestó. Los vecinos de la finca optaron por dejarle un lapso de tiempo  para deshacerse de sus huéspedes (la vieja era de alta cuna). El final del verano les pareció una fecha razonable, ya que el inmueble se quedaba vacío.

A la vuelta de las vacaciones el hedor era insostenible. El portero tocó el timbre. Como nadie contestaba, llamó al policía de turno. El policía forzó la puerta.  La casa estaba a oscuras. El interruptor de la luz colgaba fuera de su sitio, sujeto por un cable roído. La sombra descarnada de un gato arqueado, con los pelos de punta, los ojos colgando y las patas tiesas, surgió en el centro del  foco de la linterna que parpadeaba por falta de pilas. El policía mareado por la pestilencia, vomitó varias veces hasta llegar a la ventana y reventarla con su porra. El cristal se hizo añicos y  la madera de la contraventana se rajó formando un triángulo.

El zumbido negro de las moscas, gruesa interferencia de luz, invadió los tímpanos del policía con tal intensidad, que se tapó los oídos con las manos, el corazón a mil martilleando el zumbido. Cuando vio que el bulto que acababa de pisar, y no había sido capaz de identificar, resultó  ser el despojo de la vieja (algún que otro colgajo de carne putrefacta pegada al hueso) salió disparado, ululando de terror.

Las autoridades contabilizaron más de treinta  cadáveres de gatos.

Restos humanos, cintas de látigo  y vísceras animales formaban una  argamasa elástica, orgánica y de absoluta actualidad.

A pesar de ello, y de haber sido desinfectado repetidas veces, el piso sigue a la venta.