Negro tirando a rojo oscuro

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03.02.09. Faltan pocas horas para volver a Madrid. Escribo las últimas líneas de mi pequeño diario de viaje, con las maletas hechas, sentada en la zona wifi del hotel.
Estos dos días pasados en Buenos Aires me han servido para volver a tomar contacto con la vida ciudadana. He disfrutado paseando por los anchos bulevares a la sombra de los jacarandás en flor, descubriendo la arquitectura ecléctica de las calles, recorriendo el barrio de San Telmo y tomando en La Boca vino blanco originario de la Patagonia, nombrado románticamente “Bodega del fin del mundo”, con un bouquet tan poco evocador como las aguas marrones del Río de la Plata.
Ayer anoche, cenando en agradable compañía, encargamos junto a un sabroso bife un vino tinto llamado Angélica Zapata, con el fin de hacer un brindis digno de tan hermoso viaje.
El sumiller, un argentino gentil y dicharachero, nos llenó las copas con lentitud ceremonial. El vino, a la luz de la vela, lucía negro. Al acercar la copa a la nariz, me envolvió el olor añorado de los bosques de lenga tapizados de helechos enraizados en la turba. Al menear suavemente la copa, las esencias de sus troncos rugosos, donde tantas veces me apoye para recobrar el aliento, después de una subida demasiado dura, ascendieron por la nariz llenándola de volátiles partículas de madera.
Al tomar el primer sorbo, el paladar estalló feliz bajo la caricia del sabor dulce de los calafates comidos a puñados entre risas para reponer fuerzas; la lengua buscaba como loca el recuerdo de los dedos teñidos de un azul violáceo relamidos con avidez.
El siguiente trago bajó por la garganta ondulando untuoso como mermelada de arándanos.
El último y larguísimo sorbo, apurado hasta la última gota, se deslizó por la garganta encogida raspándola como cordel de montañero. Ataduras sin límites, enroscándose en las entrañas y cobijadas para siempre en su latido rojizo.

Buenos Aires

buenos-aires-air1Buenos Aires
En poco menos de cuatro horas, lo que dura un paseo dominical, Patagonia quedó atrás, de nuevo tremendamente lejana.
Al pisar las calles de Buenos Aires en pleno letargo veraniego, a pesar de ser muy urbana, me sentí prisionera. Demasiados edificios, adoquines, coches, gente, calor. Demasiado de todo, demasiado deprisa. Ahora en la habitación del hotel, en silencio, con el aire acondicionado a tope y arrullada bajo las mantas, ojeo mi vieja libreta llena de apuntes de lo más variopinto. Una página con la hoja doblada en una esquina llama mi atención y la releo pensativa.
“Soledad y sociedad deben conjugarse y sucederse. La soledad nos dará el deseo de frecuentar los hombres, la sociedad, el de frecuentarnos a nosotros mismos, y cada una será el antídoto de la otra, la soledad curándonos del horror a la multitud, y la multitud, del aburrimiento de la soledad.” Séneca .De la tranquilidad del alma.