J&J, Sociedad Limitada.

sans titre huile sur toile 195X97 2007

Thierry Carrier

Ocho de la tarde de  hoy, jueves 12/11/09.

Jane, al acariciar los pétalos perfumados de los liliums blancos, se acuerda del tacto  inodoro del vestido de gasa  floreada.

Rebobina sus recuerdos.

Dos días antes, martes 10 de noviembre, alrededor de las cinco de la tarde.

Juan entra en la biblioteca, blandiendo un paquete de regalo como si fuera un trofeo. El gesto le viene de dentro. Las estanterías se curvan bajo el peso de los trofeos deportivos tapando los  lomos de los libros. Jane desata el lazo, abre la caja y saca un mini vestido de seda abigarrada, tan incongruente, que se le escapa una risa estrangulada. Juan, cónyuge, padre de sus hijos, socio y amante expeditivo, la mira con rabia, herido en su orgullo. Ella observa con pena al reluciente sexagenario. Un rayo de sol se cuela por la ventana y la melena plateada de su marido flambea. Un cortocircuito cerebral zigzaguea alumbrando una urna donde reposa la juventud incorrupta de Juan. Con sus manos de mujer madura palpa la textura del vestido, dulce anzuelo, quizás el último de una larga cadena. Esto  piensa Jane, de nuevo sola en la habitación. No sabe porque lo piensa, pero lo piensa con tanta fuerza que la trama de seda  se clava en sus muslos como malla de acero

Regreso a hoy, jueves 12/11/09, pero no a las ocho de la tarde, sino media hora antes, en la misma casa, pero no en el mismo lugar.

Jane, peinada, maquillada para el coctel, enfila el vestido frente al espejo. Apenas le cubre medio muslo. Esta ridícula. Empuña la tela  y con todas sus fuerzas  la estira, esperando alargarla, aunque sea dos o tres centímetros. De dignidad.  Pero la dignidad, solicitada con tanta ansia y tan a destiempo, se rasga en dos colgajos. Delante de la imagen desgarrada Jane se queda un momento desamparada. Pero solo un momento, porque, al siguiente, ya está  bajando la cremallera con gesto aliviado. En un par de movimientos de hombros y caderas, el despojo yace en el suelo. Jane, sin dudarlo, escoge en el vestidor, una camisa de popelina blanca, recuerdo de su padre, y una falda de falla negra, reliquia de su madre. Subida encima de una silla encuentra, en el fondo del altillo, la caja deseada. Saca, con gesto de taxidermista una combinación de seda de su abuela. El rosa es tan desvaído que se funde con su piel. Se pone el liguero a juego, enrolla las medias de seda y las sube muy despacio, con uñas retráctiles, hasta engancharlas en las presillas. El contacto de la camisa la refresca, la falda cruje un poco al andar. En el joyero encuentra unos largos pendientes de azabache, le cosquillean el cuello. Se pulveriza un poco de perfume, con reminiscencias de talco y rosas de jardín, detrás de las orejas, en el hueco de las muñecas y en el nacimiento de los senos, por si acaso. Y Jane se ríe mientras se calza unos vertiginosos zapatos de tacón, pensando en lo del acaso, tan desfasado.

Son de nuevo las ocho de la tarde. De hoy, por supuesto.

Jane acaricia los liliums blancos. Su corazón  se expande, sobrecogido por la belleza de los salones suavemente iluminados por centenares de velas envueltas en bolsitas de papel blanco. Juan, su marido, padre de sus hijos, amante circunstancial y socio, la felicita por la decoración exquisita y por su atuendo, tan fair play como de costumbre. Los invitados empiezan a llegar. Jane conoce a todos los hombres, relaciones de negocios de su marido de toda la vida, y a ninguna de sus parejas, jovencitas de la edad de sus hijas. Una mujer entra, sola. Jane se queda sorprendida, se parece como una gota de agua a ella…treinta años más joven. Su marido le quita el abrigo con mimo. La desconocida surge, deslumbrante, cual Venus contemporánea….vestida con la réplica de un mini vestido que yace, lacerado, en su vestidor.- Jane te presento a mi nueva secretaria-. Delante de la enormidad del cliché, una barrera estalla en la cabeza de Jane. Su mente tan refractaria a las matemáticas, resuelve en un momento la complicada ecuación, maridopadredemihijosamantesocio, haciendo una resta al por mayor.

Socio a secas, exhala Jane para sus adentros, mientras un socio de su marido y, de ella también, ¡caray!, único single de la velada, viejo amigo, culto y divertido, se acerca a ella con una copa de champagne en la mano y la mira con ojos llenos de complicidad y una chispa….que si no le engaña la memoria, bien se podría amoldar a una palabra con resonancias tan antiguas como añoradas.

Deseo.