Carta de despedida.


Querido 2009,
Adivino tu cara de asombro al ver escrito, en lugar de tu nombre, una cifra, aunque no te debería sorprender, tú que calificabas mi agenda de impecable cuaderno de bitácora. ¿Acaso pensabas que ibas a escapar a mi manía de clasificarlo y ordenarlo todo? Siento decirte, cariño, que en mi fuero interno siempre fuiste un número. Sí, un número, el último de una larga lista. ¡Adivino tu boca enojada esbozando una palabra que no me corresponde! No te precipites, la lista de tus predecesores es infinitamente más corta, aunque, noblesse oblige, el número exacto pertenece al secreto del sumario. Y, obviando alguna que otra pequeña incursión en el pasado, siempre te fuí fiel.
Aclarado el código secreto que ocupabas en mi corazón, el simple uso del pasado imperfecto te habrá sugerido (aunque la sutileza nunca fue tu fuerte) que esta carta es de despedida. Aún en la distancia, puedo ver una densa sombra de incredulidad nublar tus ojos. Tus ojos ciegos ante mi hartazgo provocado por tus ataques de ira intempestivos, tu soberbia, tu falta de humanidad, tu caótica sexualidad. Sí, caótica, y no te ofusques. Un día, ardiente como un volcán en erupción, otro, pegajoso como un tornado, otro, lacio y aguado como un sauce llorón y, últimamente, gélido como un iceberg a medio derretir… sin contar las largas épocas de sequia. Comprenderás que así, yo, por lo menos, no puedo vivir.
Y además, querido, como tus predecesores siempre me dejaron plantada el treinta y uno de diciembre ,al sonar las doce campanadas, tales cenicientas en apuros, me voy a dar el gusto, por primera vez en mi vida, de inversar los roles.
Ha llegado la hora de la despedida. He quedado con tu ¿¡¡¡RIVALl!!!? (Déjame con la incógnita). Acudiré con adelanto. Un adelanto premeditado. Unos días en solitario para tener tiempo de bucear entre los errores que llevaron nuestra relación al fracaso, tener tiempo de pescarlos, masticarlos, digerirlos, y, así, concederme la oportunidad de poder surgir, renovada y llena de ilusión, ante tu sucesor ya catalogado en mi cuaderno de bitácora como el 2100, ¡perdona el despiste!, como el 2010, por supuesto.
Pese a todo, seguramente en algún momento, echaré de menos nuestra fugaz relación.
Anne.