Dos postales.

 

«Como si fuera la última vez». Win y Donata Wenders.

Cuando Carlos se dio cuenta de que llevaba tres días intentando meditar, sin llegar a solucionar el problema que le estresaba, se dio por vencido. Guardó en la maleta el papel de cartas y los sobres preparados  y compró dos postales. Una para Berta, su mujer, y otra para Silvia, su amante.  Se sentó frente al escritorio situado bajo la ventana que iluminaba la celda del monasterio soriano donde se había refugiado. A pesar de ser mediodía, la luz  sucia de finales de noviembre, interceptada por un alto muro de piedra, se licuaba blandamente  en su mente plomiza.

Con gesto impaciente puso las postales boca abajo, deseando terminar la tarea cuanto antes. Pegó con rabia los dos sellos destinados a las cartas que no había sido capaz de redactar. Desenrosco el capuchón de la pluma y empezó a escribir la primera postal, destinada a Berta. Lo que hubiera debido de ser una larga misiva, pidiendo un divorcio civilizado y amistoso,  se convirtió en el siguiente garabato:

Querida, me han venido bien estos días de reflexión para darme cuenta que tú y nuestros hijos, sois el eje de mi vida. Carlos, al firmar, pensó que las palabras sonaban  secas y escasas. No añadió nada más. Para Berta, poco acostumbrada a muestras de afecto el mensaje era más que suficiente.

La segunda postal, que al igual que la primera sustituía una carta donde Carlos  hubiera debido  dar por finalizada  una relación  sentimental demasiado absorbente, se transformó en un pequeño borrón:

Adorada gatita mía, este retiro espiritual, aunque voluntario, se me está haciendo eterno. Ardo en deseos de estrecharte entre mis brazos en nuestro nidito frente al mar. Carlos, al firmar, pensó que la cursilería del mensaje se adaptaba como un guante a su destinataria.

Cuando iba a escribir las señas de las postales, se acabó la tinta. Después de esbozar un gesto de contrariedad, Carlos se sintió de repente despojado de la pesada carga que le había traído hasta la estrecha celda. ¡La falta de tinta era una señal inequívoca mandada por un Dios comprensivo a favor de la poligamia!  Mientras  iba levitando por el claustro, cual bígamo feliz  exculpado de culpa,  en busca de un bolígrafo, Carlos ya daba por hecho, que este mismo Dios  le había bendecido desde el principio, otorgándole, de forma extremadamente generosa, una mujer viviendo en Madrid donde trabajaba tres días a la semana, y otra en Barcelona donde trabajaba los  restantes.  Al entrar en la biblioteca, divisó a la que debía de ser una empleada, sentada frente a una mesa, redactando, en un abultado registro, lo que  no podía ser otra cosa que un informe. Al pedir prestada la pluma, su mirada se quedo prendida en el hermoso rostro  alzado hacia él.  Carlos, profundamente turbado, anoto las señas a toda velocidad, deseoso de entablar conversación con aquel ángel de cutis transparente.

 Lo que no se dio cuenta, en su arrebato, es que estaba escribiendo la dirección de Silvia en la postal destinada a Berta y viceversa.