Viajando por Noruega. Embarcando en el Hurtigruten.

Al media tarde el Hurtigruten espera a sus pasajeros en uno de los diques de Kirkenes para realizar un crucero por las aguas del Círculo Polar Ártico, única manera de descubrir costas que solo se pueden divisar desde mar adentro. El Hurtigruten (“Línea rápida” en noruego) es un barco de correos, fundado en 1893 con el propósito de poner fin al aislamiento sufrido por los moradores de estas tierras (repartidos en puñados de casas dispersas a lo largo del litoral) durante los largos inviernos polares.

El barco alía ahora su función de correo con la de carga, la de ferry y la de barco de crucero. El itinerario original no ha cambiado y el buque sigue parando en los mismos lugares desde hace más de un siglo, siguiendo un horario estricto… siempre y cuando las condiciones climatológicas lo permitan.
Levamos ancla.

Soltamos amarras.

Los marineros se activan en proa, los rostros enrojecidos por el frío. Algunos no llevan guantes y sus manos hinchadas traen a mi recuerdo las vicisitudes de los hombres de la mar que exploraban estas inhóspitas aguas o las de los que faenaban en ellas en condiciones infrahumanas.

Nos vamos alejando de la costa y de sus blancas explanadas. El aire azota mi cara como lo hacía esta mañana cuando, instalada en un trineo tirado por dos hermosos perros de ojos color turquesa, me deslizaba sobre la nieve. Los únicos sonidos eran las respiraciones de los canes, algún que otro ladrido, el roce de las cuchillas del trineo sobre la superficie algodonosa, sonidos amortiguados como si fuesen subterráneos; las únicas sensaciones eran la de los copos de nieve rellenando blandamente el silencio y dándole una consistencia esponjosa, la de la calidez de mi aliento bajo mi bufanda, el deslumbramiento al notar el pálpito de Rusia, harapos de ensoñación suspendidos entre las ramas de los abedules que delimitan su frontera con Noruega.

Al darme la vuelta para resguardarme en el interior del barco una ventanilla helada llama mi atención.

La ensoñación se vuelve realidad. Detrás del cristal el Doctor Zhivago acaricia los arabescos de las flores de hielo y bajo sus manos abiertas a la ficción, al deseo de amar y de vivir, florece la primavera amarilla de los narcisos en cuyo corazón se abre el rostro de Lara.