Bye, bye…

The last sitting. Bert Stern.

Debajo del vestido de noche, vive una niña.

La niña se mira en el espejo, le pide consejo.

Le dice que  sonría para alegrar el momento.

La niña obedece.

La mujer del espejo sonríe y en su sonrisa caben toda la belleza y todo el resplandor.

La niña la mira boquiabierta, le gustaría parecerse a ella.

Recuerda haber soñado su vida como lo está haciendo la mujer del espejo. Ahora vaga en el silencio de las cosas muertas.

Toca el vestido de seda. El sonido la exalta. Tiene la suavidad de una onza de chocolate derritiéndose  en la boca, la chispa de unas burbujas de champagne, el color azul casi negro de una noche de amor.

La niña, se acuna en recuerdos felices. Sonríe.

El espejo le devuelve la mueca de una vieja desdentada. No se asusta, la conoce muy bien, vive debajo de la niña.

Fallo en el montaje: tres mamushkas  sin imbricar y vestidas de negro.

A la niña le entra un ataque de risa o de sollozos, últimamente le es difícil distinguir, pasa de la risa al llanto en cuestión de segundos, en cualquier caso las lágrimas le saben a sal como siempre.

Un sabor tan interiorizado que le ha corroído el corazón.

Debajo de las capas de seda, la niña está cansada de no saber que es lo que está esperando y nunca llega.

Para pasar el rato sonríe de nuevo, esforzándose en no pensar en nada.

La mujer del espejo resplandece. Tanto que el espejo se quiebra.