Diario de Ana A. 22 de julio del 2013.

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Estaba quitando el polvo de un grabado, que ya adornaba el dormitorio de mi bisabuela, cuando una mancha oscura llamó mi atención. Al acercar la vista, constaté que lo que creía mancha era agujero, un agujero dentellado donde un insecto diminuto, color plata, coleaba, royendo los bordes. Lo quise aplastar. Mi mano topó contra el cristal. Incapaz de soportar la visión del bicho destruyendo metódicamente una imagen tan ligada a mi historia, despegue el cartón trasero del marco, dispuesta a eliminarlo. Al sacar la estampa de su estuche, Caliste y Edmond, amantes de leyenda, muertos al alcanzar la cima de su castigo y devueltos a la vida por mujeres encadenadas a una ilusión, cayeron, despojo de polvo serpenteante, sobre mis rodillas.

Sobre las diez de la noche, Ana A llevó lo que quedaba del grabado al vertedero municipal. Bajo la luz discontinua de la luna llena, empañada por bancos de niebla, decenas de gaviotas la esperaban, inmóviles y mudas sobre el tejado de zinc del viejo hangar.

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23 de julio del 2013.

Ana A no ha vuelto.

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