Diario de Eduard.

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Henri  Toulouse -Lautrec

 Jueves 5 de Noviembre del 2009

Hoy ha ocurrido algo absolutamente inesperado. He asesinado a mi vecina de rellano. Se llamaba Carmen. Suena tremendo. Sin embargo fue un hecho de lo más…infantil. Infantil, eso es, absolutamente infantil. Una zancadilla de patio de colegio.  

Esta mañana, al salir de casa, como siempre disparado, para ir al trabajo, me tropecé con Carmen. Hecho absolutamente inusual, ya que madrugo para llegar a las ocho en punto al Banco, y ella no se levanta nunca antes de las doce. Pero, según me contó nada más verme, al  ir al baño a oscuras, se había torcido el tobillo. Iba a urgencias. Un taxi la esperaba delante del portal. Puse cara de circunstancias mientras farfullaba las palabras de rigor y pulsaba el botón del ascensor.

En este preciso momento se fue la luz. Antes de poder esbozar un movimiento de escapada hacía la escalera, la mano de Carmen me agarró por el brazo, con dureza de garfio, instándome a no dejarla en la estacada. Empezamos a bajar, en una oscuridad matizada por la luz grisácea de las ventanas, yo agarrado a la barandilla y ella, con todo su peso, a mi brazo.

Una de las  cosas que no soportaba de Carmen era su corpulencia; el contacto sudoroso de su mano amorcillada cuajada de anillos traspasando la tela de mi chaqueta, el olor a rancio aprisionado en los pliegues de su cuerpo, el movimiento gelatinoso de su carne, enfajada en trajes de costuras estalladas.

La bajada del primer tramo de escaleras fue una odisea puntuada de bufidos quejumbrosos. Ahora el que estaba sudando a chorros era yo. Llegaría tarde al trabajo cuando soplaban vientos de despedida en masa. Carmen se pegaba a mí como una lapa blanda.  Me iba disolviendo, peldaño a peldaño, en esta  blandura aparentemente inofensiva. Pero, si, insidiosa. Como Carmen. Tan afable, tan sola y tan invasiva. Había hecho su primera aparición en mi vida en el intersticio de mi puerta, pidiendo sal. Después se sucedieron las llamadas de teléfono, hasta hacerse diarias, interesándose calurosamente por mi persona, calificada desde el primer momento por el ojo avizor de mi vecina, de misántropa. Este juicio, acertado, me lo confesó Carmen durante uno de los interminables soliloquios dominicales, mantenidos en su casa, donde me invitaba a pasar la tarde, atraído por el anzuelo de un whisky de reserva, servido a granel. El alcohol me ayudaba a soportar el peso del pasado de Carmen, vedette de cabaret retirada  desde hacía lustros, compactado en álbumes de fotos y recortes de periódico, columna de papel aposentada sobre  mis muslos adormecidos.

Un domingo, después de ingerir numerosas copas, sentí como Carmen me tumbaba encima del sofá, y como el pasado de Carmen se convertía en un presente brumoso y sin embargo promiscuo, aplastante y asquerosamente envolvente. Ese recuerdo se hinchó en mí como un globo de feria. Al estallar me provocó arcadas con sabor a bilis. El contacto del brazo de Carmen se volvió candente. Me deshice del lazo corredizo con una sacudida brusca mientras mi pie, tenso como un resorte, cortaba en seco el movimiento de bajada esbozado por sus piernas. El cuerpo fofo se desequilibró al instante y empezó a caer con un ruido mate, discontinuo, de foca de zoológico bajando escalones bajo la atenta mirada del domador.

Ahora, repanchingado encima del sofá,  después del día pasado en la comisaría,  mintiendo como un bellaco, de forma absolutamente convincente (hasta me mandaron un psicólogo para superar el duro trauma de encontrar a mi entrañable vecina desnucada en el rellano) estoy acariciando la idea, un poco precipitada, quizás, de cambiar de profesión. Siento que tengo madera de actor ¿Y por qué  no?…de cabaret.