“Que me perdone Hopper”. Ráfaga.

Evening Wind. Edward Hopper.

  Los poros de Norah enlisados en el calor  blanco se habían convertido en millones de agujeros sin salida. El sudor estancado bajo la dermis se le antojaba  una planicie asfixiante y sin embargo helada,  quebrada por las grietas del techo en cuyos resquicios se alojaba un sueño  siempre plano.

En el mismo momento en que la vibración de los muelles de la cama percutía contra su rodilla trepaba por su esqueleto e impregnaba su paladar de un sabor metálico, una ráfaga de viento acarició salvajemente su espalda. Sorprendida, giró la cabeza. Los visillos hinchados ondeaban como velas. La respiración de Norah salpicada por las olas, emborrachada de aire marino, sacada con violencia de su nicho, empezó a ondear bajo su pecho, levantando un mar de fondo que erizó su piel en un oleaje cruzado. En el centro de las  turbulencias, un remolino la aspiró ceñido a las anillas cimbreantes de su cintura.

Las  partículas doradas del viento solar  se unían en rizos, se escapaban en ondas,  subían en espiral hacía la luz  saturada de oxigeno del arco primitivo. Norah refugiada bajo sus párpados vio como el cielo de cemento se desintegraba en una oleada azul veteada de rojo y como un amanecer nimbado de malva se deshilachaba en la oscilación de los visillos.