Navegando por la península del Cotentin (Normandía).

 The “Martha Mc Kean” of Wellfleet. Edward Hopper. Museo Thyssen- Bornemisza.

Al mando de mi balandro

mi pelo es estela

soy caballo mítico

el viento me asalta

me avasalla

me hace suya

en las velas

mil bandadas de pájaros

soy alas y plumas

el espacio gira

floto entre algas

rumbo al cielo

sin ataduras

despego ¡vuelo!

en mis nudillos blancos

asidos al timón

todo el frio

todo el azul

todos los abismos

toda la libertad

y toda la soledad

de los océanos

y su silencio de roca.

P.S. Me he tomado la libertad de asociar el balandro pintado por Edward Hopper en Cape Cod con  las fotos de un velero navegando en el Canal de la Mancha. (Mismos paisajes separados por un océano).

Compartimento C, coche 193. Edward Hopper.

Compartimento C, coche 193. Edward Hopper.

La mira, sentada en el asiento de enfrente, ensimismada en la contemplación del paisaje. El tintineo de las copas en las curvas, las conversaciones de los pasajeros, el roce de la vajilla, el entrechocar de los cubiertos, todo suena amortiguado por el ruido del tren.

Ella no mira por la ventana, sus pensamientos la tienen absorta, pensamientos que se podrían resumir en uno, el deseo irrefrenable de desintegrarse, de formar parte de los torbellinos de polvo que barren el páramo.

La noche ha caído. El hombre sigue mirando, no de frente, sino en diagonal, no el rostro, sino su reflejo, halo pálido contenido dentro del lienzo negro de una ventana partida en dos.

Ella tuerce la cabeza y posa sus ojos sobre la cara percibida encima de la llanura esquiva del cristal. Se han quedado solos en el vagón restaurante. Ninguno de los dos ha cenado. Después de aflojarse el nudo de la corbata, él le pregunta si le apetece comer algo. Ella clava la mirada en su boca, atenta a las palabras dibujadas por los labios… cuando las palabras ya se están acabando. Le contesta que-  sí, por favor-  al azar, con desfase y muy despacio, como si le costase articular.

A pesar de la luz rosada difuminada por las pantallas de las lámparas, él no puede dejar de fijarse en las profundas ojeras que cercan sus ojos. Cenan en silencio, él prendido en ella, ella aplicándose en masticar y en tragar.

Al abandonar la mesa, ella lo coge de la mano y lo guía hacia su compartimento. Cierra la puerta, enlaza sus brazos alrededor de otro cuello que no consigue olvidar, se deja besar y besa una boca recordada. Unas manos la desnudan, la acarician, la tumban encima de la litera. Bajo sus párpados cerrados sus manos palpan un territorio masculino desconocido que su memoria reconfigura en geografía obsesiva. El deseo la empuja por el ansiado recorrido. De golpe le sorprende un goce tan salvaje que grita en la noche rítmica que se cuela por la ventana, rayada de luces y de sombras.

Ella se acurruca contra él y se duerme. Él la mira, enreda sus dedos en los bucles de su pelo, lo acaricia, desliza su mano sobre el cuerpo recreándose en sus contornos. El alba despeja la noche y su carga de abandonos, de secretos y de soledades.

Al llegar a su destino, ella se despierta. El hombre se ha ido.

Un sueño, piensa ella, mientras endereza los bucles enmarañados de su pelo frente al espejo.

Marilyn Monroe. Mujer Hopper.

Marilyn Monroe es para mí, en su faceta íntima, una mujer de Hopper. Me tomo la licencia de juntar dos mitos muy queridos. De hecho ella junto a Hopper me inspiraron el relato.