Mi jardín soñado.

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 Fotografía Annie Leibovitz.

Mi jardín soñado

huele a castañas asadas

a lirios y a jacintos,

sus flores de hielo abren los espejos

bajo el azul de las jaracandas,

podría ser el parque del Retiro

los jardines de Luxemburgo

una plaza de un pueblo boliviano

o la citadela de San Petersburgo.

Podría estar en el confín del mundo,

ser inventado, expandirse en el universo,

sin embargo solo existe cuando me besas,

en el coto cerrado de nuestro abrazo.

Rosa de mí.

 

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Fotografía Anne Fatosme.

Cuando la tarde se abre, calada de oropel,

y mi sangre se alondra,

vuelo hacía el jardín de mi infancia.

Tras la niebla del portón,

el universo manda señales

desde el brillo de un ojo de cristal.

Bajo los brochazos de un otoño, dulce y cruel,

el olor de la tierra oscura, todo lo penetra,

el cielo se vuelve pasadizo

y mi corazón expande

el botón de la rosa,

baile de volutas

despliegue de pétalos

dulzura bajo las espinas

languidez en la derrota,

baile al compás

de un rumor a muerte,

granizo sobre el zinc,

baile de un insomnio malva,

pliegues de satén,

azul  desvaído de unos pasos que se fueron,

tan a la sombra de las jovencitas en flor,

tan lejos de Guermantes

y  tan dentro de mí.

P.S. Esta rosa vive en mi terraza, la cuidé, la regué, le puse abono, le dí mi cariño, la fotografié y le escribí un poema. Su belleza, aunque perecedera, lo merece.

Dreaming.

Marilyn Monroe. The last sitting. Bert Stern.

Cuando, en un  claro oscuro, veo tu sombra acercarse, cuando siento el calor de tus brazos rodearme la cintura, cuando tu boca se aferra a mi cuello y lo mordisquea y cuando la promesa húmeda de tu aliento socava mi nuca, mis contornos se vuelven nítidos y dejan de mentir. Las dudas se despejan, la distancia deshace su lazo  corredizo de añoranzas y culpas, las agujas del reloj nos agarran con sus tenazas para tirarnos de nuevo en el ruedo del deseo, magia de una tarde de verano.

Por los huecos de las persianas cerradas se cuelan puntitos de luz, bailan sobre nuestros cuerpos enlazados, raíces subterráneas germinando bajo humedales del sur. Riadas de luminiscencias escurridizas y saladas se labran camino entre mis pecas, se cuelgan en la punta de tus pestañas y se escurren, exóticas, por las comisuras de nuestros labios ávidos de piel y de cada uno de sus pliegues.

Cuando todo se disuelve y tiemblo bajo tu peso, cuando me recubres y el universo se vuelve blando y yo, tierra abierta, los espejos se rompen, y, por fin,  puedo cabalgar, oscura y densa, hasta el fondo del laberinto donde  siempre me estuviste  esperando.