Desde Estocolmo con amor. 15/01/2010.

Bertil Vallien

Mañana, cuando regrese a Madrid, Estocolmo estará  geográficamente a unos tres mil kilómetros, pero es posible que haya quedado impresa en mi cartografía mental, y que cuando pasee por el Retiro y crujan, bajo mis zapatos, unas hojas de castaño, caídas hace mucho tiempo, me acuerde del crujido de la nieve bajo mis botas al pasear por los muelles.  

Y puede que cuando llueva, mi mente confunda gotas con copos, y, a la manera de los inuits,  los llame con decenas de palabras diferentes dependiendo de su consistencia, frialdad o densidad.

No es imposible que, al llegar los primeros calores y picar hielo para preparar una limonada, mis oídos rememoren el sonido  del casco del barco abriéndose paso en la superficie helada de los estrechos brazos de mar que separan las catorce islas donde se afianza la ciudad de Estocolmo.

Pero de lo que sí estoy segura, es que recordaré Estocolmo, cuando esté sola y pensativa, en el silencio blanco y negro de mi mente vuelta hacía dentro sin medida de tiempo.

Ahora, después de hacer la maleta, al acercarme a la ventana y dejar mi mirada vagabundear por las orillas nevadas, sé que guardaré en la periferia de mis sueños, el recuerdo de este viaje como un instante blanco.

Desde Estocolmo con amor. 12/01/2010.

Madrid bajo la nieve desde mi ventana.

Madrid nevado detrás de mi ventana, el lunes por la mañana.

A las tres de la tarde el avión aterriza en un paisaje donde tierra y aire se funden en blanco. El taxi, con motor híbrido, atraviesa la campiña que separa el aeropuerto del centro de la cuidad.  La autopista se abre paso entre bosques de abedules. Detrás de la ventanilla, delicadas filigranas de ramas heladas se deslizan a 130 kilómetros por hora.

A las cuatro miro por la ventana del hotel. La custodia un león de piedra. El día declina, el cielo se vuelve azul  tinta. Las luces de los edificios se reflejan en los canales.

Estocolmo visto desde hotel

Estocolmo nevado detrás de mi ventana, hoy. 

A las cuatro y media salgo a la calle a dar una vuelta, es noche cerrada. Unas farolas redondas y blancas alumbran el paseo, la nieve cruje bajo las botas, el frío cosquillea la cara, el aliento se vuelve palpable. La noche se me antoja blanca, me acuerdo de Dostoievski y me siento feliz.

Paseando por Estocolmo

Paseando por Estocolmo

Encima de un estanque congelado un grupo de adolescentes patinan. Sus carcajadas, alejadas del lenguaje, retumban sobre el hielo, detienen el tiempo y hacen florecer las sonrisas de dos viejecitas ataviadas con gorros de lana de colores vivos. Paisaje atávico de mi consciencia.

  Patinando en Estocolmo