Carmen.

Jill Greenberg.

 Ayer al ordenar unos libros encima de una balda de la biblioteca, uno de ellos se  cayó al suelo. Al chocar contra la tarima, su tapa, de un azul descolorido se separó  de las hojas de papel biblia. Madame Bovary de Flaubert. Una rosa apresada en el libro yacía a su lado. Al cogerla se deshizo en partículas irregulares y secas.

 Me dolieron las mandíbulas al negar su recuerdo, pero el pulso acelerado latía  su nombre a gritos.

Hace quince años, delante del azote del sida y la falta de personal, un amigo médico me pidió un poco de ayuda. Dedicar un par de tardes a la semana a sus enfermos, moribundos solitarios. Un día soleado de  principios de octubre, empecé mis visitas al hospital. Después de  escuchar las instrucciones de la psicóloga que llevaba a los enfermos, me dirigí a la última planta.

Tuve que arquearme para empujar la puerta que los escondía.

El olor a desinfectante encharcó mis pulmones, la blancura de las paredes y del suelo rebosaban lejía. Los ojos picaban, la garganta escocía.

Al entrar en la habitación del enfermo que me tocaba acompañar, el olor a descomposición se quedó agazapado en la garganta.

Un esqueleto tiritaba debajo de una manta gris con el logo del hospital. Venciendo la repulsión que me inspiraba, me senté a su lado encima de una silla de hierro. Al apoyarme contra el respaldo, los barrotes se clavaron en la espalda con igual intensidad que las cuencas negras que me devoraban.

Una garra se aferró a mi mano y una voz renqueante  me empezó a contar por debajo de la manta la dureza de la muerte cuando uno había tenido una vida llena y feliz.

 La psicóloga me había avisado que  los enfermos, confrontados a  un final solitario por abandono colectivo, solían negar el horror de su existencia, creándose una realidad paralela  más llevadera.    

Al cabo de cinco minutos, el yaciente se quedó sin aliento ni recursos para proseguir el relato de su vida. Le tomé el relevo. Conforme le iba describiendo los arrumacos de su madre, la paella de los domingos a la sombra de una chopera, el orgullo de su padre cuando traía buenas notas, la sombra iba tomando corporalidad.

Y cuando llegamos a los partidos de fútbol, jugados en la era, con hermanos y amigos del pueblo, nos enderezamos  para aspirar con una sonrisa el olor a heno que impregnaba el cuarto.

Las semanas iban pasando, los enfermos se morían como moscas.

Una oscura mañana de finales de febrero, al empujar la puerta de una habitación, olía a limpio.

Una muchacha gitana, apoyaba su osatura contra las almohadas. A pesar de la opacidad del pelo, de la tez apagada, su rostro era de una belleza conmovedora. Al verme entrar me sonrío iluminándome por dentro. Se llamaba Carmen. Me dio la mano y me quedé prisionera de sus dedos huesudos y suaves. Con voz débil y pausada empezó a contar su vida. Su infancia en una chabola, su madre en fuga y su padre desconocido.  La cuidaban los abuelos. Al morir la abuela, se quedaron solos el abuelo y ella. Tenía seis años. Paró de hablar largo rato para tomar aliento. Cerró los ojos.

Su mano febril sujetó la mía. Acerqué el oído a su boca y en un susurro me contó las noches pasadas en la cama del abuelo. Las cosquillas risueñas recorriendo su cuerpo de niña y de repente, una pinza de hierro abriéndose paso con violencia en su agujerito secreto.  Cuando le rasgó el sexo, le tapó la boca con la mano. Su grito de dolor se ahogó en la mugre.

Dejó de comer, se quedaba todo el día tumbada, inerte, con las piernas abiertas. El abuelo había cubierto con cartones la única abertura. Estaba ciega. Oía el ir y venir de las ratas hurgando en la basura y la metralla de la lluvia contra las chapas de zinc. Con las yemas de los dedos tocaba su sangre resquebrada impregnada en el colchón.  

Faltaba dinero. Su mente, ayudada por la droga inyectada por el abuelo, se fugaba a años luz de su cuerpo torturado por hombres sin cara.

Carmen dejó de susurrar, agotada por el esfuerzo.  Aparté el oído de su boca. Mi cabeza vacía se llenó de colores atronadores.

Carmen tenía catorce años. Sobrevivió dos meses más. Deseaba oír el relato de mi vida. Deseaba un cuento de hadas. No hubiese sido honesto mentirle. Todos los martes le leía  Madame Bovary. Carmen lo entendió.

Una mañana me regaló una rosa blanca con una sonrisa llena de cariño. Murió mucho antes que Emma.