Amsterdam.

 Juanjo Fernández. Fotografía realizada en el museo Reina Sofía. http://jofz.blogspot.com

La vibración del móvil me cosquillea la palma de la mano. Un  SMS, una foto. El azul de una blusa ilumina la pantalla.  Abandono el grupo de turistas amasados delante del Guernica. Su murmullo invasivo se disgrega en partículas sordas mientras me voy alejando por un pasillo del Reina Sofía.

Una luz tamizada alumbra la geografía irregular  del suelo de cemento pulido,  me estremezco sobre la superficie de la pantalla de mi I-Phone. Continentes líquidos  se hacen y deshacen bajo la suela de mis botas. El roce de las hojas al caer sobre la tierra mojada se ha vuelto imperceptible, ya no llueve sobre mi piel y el cielo respira. El azul de la blusa aletea de pájaros y nubes  ascendentes.

El aire, filtrado por el emplomado de la ventana,  abre corredores de oro sobre el cemento. Mi bufanda conserva el olor a cedro de los brocados traídos de oriente, me despojo de mis velos al ritmo lento de tus letras, navego contigo en la lejanía cálida de nuestro primer encuentro, dos sombras azuladas unidas por el azar sobre la pared blanca de un cuadro de Veermer.

 

 Mujer leyendo una carta. Johannes Vermeer.  Rijksmuseum Amsterdam

Diario de un emigrante.

 

Manhattan. Juanjo Fernández http://jofz.blogspot.com/

A las 5.15, nada más sonar el despertador,  abrí los ojos y me  pasé la mano por el pelo. Cada día me noto más calvo. Encendí mi linterna,  cogí mi diario guardado en el bolsillo de mi chamarra tirada en el suelo y empecé a escribir (tengo miedo que se me olvide). Tuve que hacer cola para entrar en el cuarto de baño, oir algún que otro insulto, aguantar la violencia impresa en los gestos. Compartir un apartamento entre quince desconocidos rotando constantemente es una prueba. Para mí no lo es, estoy acostumbrado a la multitud, al ruido de las cosas.

 A las 6. 00 el tren llegó a la estación. Había poca gente. Me senté en el primer vagón, en la primera fila, al lado de la ventana. Apoyé la cabeza contra el cristal y miré como el día iba despejando la noche. Temo la oscuridad del invierno. Vislumbraba los contornos de los docks, el reflejo luminoso del tren encima de charcos inmensos. La rotación de las ruedas  contra los raíles trepó por mi columna, invadió mi cuerpo. Su monotonía me adormeció.

Un cambio brusco de vía me despertó. El gris del cielo había cedido paso a un azul brumoso. Mi mirada se ausentó raptada por la niebla de un valle donde el lodo aprisionaba mis pies y donde una maestra me enseñaba a escribir  “el lodo aprisiona tus pies”. Los raíles del tren no se hundieron, guiado por su paralelismo me adentré en el centro de  Manhattan.

A las 7 llegué a la caseta de obra, me puse el mono negro, abroché la faja amarilla alrededor de la cintura, protegí mis oídos con unos cascos del mismo color y mis ojos con unas gafas oscuras. Desde el espejo pegado a la puerta de salida me observaba una avispa  erguida sin patas ni  antenas. Afuera empuñé el martillo neumático, empecé a picar la calzada, me acoplé a sus sacudidas y de bicho pasé a ser objeto depredador. Serpientes y  sirenas  tatuadas en la piel, osos de peluche, masas de carne bamboleantes, papagayos en el cuello, una serpiente enroscada, una y otra vez,  hasta que el polvo empaste mis gafas donde águilas de piedra se afilan las garras.

12horas más tarde estoy recorriendo el trayecto inverso guiado por unos raíles que nunca se hunden. Desde lo alto de un cartel me contempla una belleza rubia, posible novia de King Kong pero inalcanzable para mí más disecado que un oso del museo de ciencias naturales. Orad por mi healing angels.

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