Sueño monocromo.

Detrás de la ventana, una mujer subida encima de una escalera plegable, sueña.
El tiempo se detiene. Nubes cargadas de lluvia adhieren al cristal. Las yemas de sus dedos dibujan sombras añoradas. La cabeza, absorta por el pasado, se inclina atraída por la claridad difusa de un recuerdo encendido tras una pantalla de opalina. Sus manos se aferran a un marco craquelado por el tiempo. Sus ojos se deslizan sobre un embarcadero hundido. Su rostro se hiela en la lentitud precisa del alejamiento. Sus labios se cierran obturando estratos de soledad.
El dibujo se difumina. Un gris dulce y calmo desborda los contornos, tiembla en un universo ambiguo donde sombra y luz se confunden.
Detrás de la ventana, una mujer reemprende su tarea, pulveriza un poco de limpiacristales sobre una bayeta. Huele a amoniaco. Sus ojos irritados se llenan de lágrimas.

Resplandor en el amanecer.

 

Michael Kenna

Estaba corriendo. Sombras la fueron adelantando una tras otra. Se despertó vencida en la línea de meta. A Xia no le gustaba perder aunque fuese en sueños. Las agujas reflectantes del reloj de mesilla marcaban las  seis y media de la mañana. Le daba tiempo de ir a correr antes del desayuno, pensó en un duerme vela. Un poco más tarde bajaba las escaleras, vestida con ropa deportiva. Las paredes del hall estaban cubiertas de fotos suyas colgadas en orden cronológico. La primera correspondía a su tercer cumpleaños. Sus padres adoptivos sujetaban a cuatro manos a la hija recién llegada de China. En la última tenía diecisiete. La edad la había convertido en una adolescente fibrosa de mirada desafiante; los brazos de sus padres, tan blancos, se enredaban en la negrura de su melena; sus ojos redondos y claros buscaban la abertura oblicua de los suyos.

Al salir de casa, el día despuntaba. Flecos de noche se agazapaban en los aleros de las casas, en los recovecos de la carretera. Al dejar atrás el pueblo ya trotaba a buen ritmo. Una luz algodonosa  había rellenado las sombras. Empezó a adentrarse  en el valle. Los altos de las laderas se difuminaban en la niebla. Transportada en sueños, oía sus pisadas, visualizaba su aliento. La meta estaba cerca. Una línea negra a unas cuantas zancadas. La  franqueó, brazos en alto, sin mirar atrás. Soltó un grito al notar como un cable duro se  clavaba en la tripa y unos pinchos desgarraban la tela del chándal. El cable de separación debía de estar distendido porque, bajo el impulso de la carrera, cayó con ella.  Por primera vez en su vida se encontraba en el bosque, propiedad atrincherada de unos extranjeros. Tras pantallas de bruma translúcida se divisaban siluetas de  pinos y abedules. Después de liberarse de la alambrada, se tumbó boca arriba, y empezó a inspirar y expirar hondo para recobrar el aliento. Un olor a humus invadió sus pulmones para ceder paso a esencias más ligeras. Una mezcla dulce y salvaje de prímulas y narcisos, de musgo, de savia, de corteza y de clorofila.

 Xia andaba muy despacio, como nunca recordaba haberlo hecho, ella tan inquieta. Se dejaba guiar por el ruido  familiar de un riachuelo que jamás había oído. Su cuerpo deshilachaba paneles de niebla. En un estanque flotaban flores de loto. Atraída por su belleza se agachó para coger una.  Al hacerlo, surgió, rodeado de pétalos, el rostro de una mujer muerta idéntico al suyo. Al  acariciarlo, las mejillas se colorearon, los ojos se abrieron plisados por una sonrisa. La boca se entreabrió. Xia empezó a tararear una canción de cuna en un idioma desconocido.

Sonó el despertador, el rostro desapareció en un remolino de agua turbia. Xia acurrucada en posición fetal, se acunaba  bajo la sábana blanca al son de una melodía originaria del monte Lu Shang, perteneciente a la provincia de Jiangxi.