Intruso.

 Emma, cariño, ¿novillos, a estas alturas?, ¡no me hagas reír! Estás dormida entre sábanas con olor a frío y soledad, deja que la mortaja de mi cuerpo caliente tu lecho. Noto como tu respiración de criatura perdida se vuelve apremiante, como olfateas mi olor en la almohada. ¿Porqué empeñarte en negarlo con tal vehemencia?, te vas a lastimar la cabeza de tanto sacudirla. No intentes escurrirte como una anguila, te tengo presa en la red de tus sueños.  Acaricia mi rostro, mi frente abombada, mis párpados latientes, ¡ adórame! Recrea las yemas de tus dedos sobre mis mandíbulas, ¡no temas!, presiona tus pulgares sobre los contornos de mi boca,  mordisquéame como un cachorro, enmarca mi rostro entre el abanico de tus dedos, deslízalo sobre mi pecho… y sigue hasta moldearme de nuevo  bajo el torno de tus manos.

 La caja torácica de Juan se clavaba sobre el pecho de Emma, un agujero fétido y negro la intentaba besar mientras una garra apresaba su cuello hasta el ahogo. Unos golpes secos sacaron a Emma de su sueño. Su corazón aporreaba con violencia los confines de su garganta. El estómago anudado con la lengua, Emma tiritaba bajo un manto de sudor helado. Encendió la luz de la mesilla, una sombra la acechaba en la pared y sus fauces abiertas en el espejo de enfrente. El grito de Emma se quedó apresado entre el chirrido agudo del somier y los barrotes del cabecero que ya alcanzaban el techo

Francis Bacon.