Desde Estocolmo con amor. 13/01/2010.

 

Estocolmo bajo el sol

A las ocho de la mañana  una ruidosa pelea entre cisnes y patos alojados  al pie del embarcadero situado frente al hotel, me saca del sueño, sobresaltada. Al abrir las cortinas de la habitación, los edificios se perfilan, desdibujados, entre bancos de niebla. Mientras desayuno, mi mente, todavía plomiza de sueño, vagabundea en medio de jirones de bruma densa, intentando unir gigantescas piezas de un puzzle a medio hacer.

 

 El termómetro marca siete grados bajo cero. Convenientemente abrigado, el frío no molesta, hasta diría que resulta agradable, vivificante. La niebla persiste, más difusa. En el dique de  Strömkajen, encima de un panel cubierto de nieve, han escrito unas palabras, no las entiendo. Pero me gustan, y mucho, porque en medio de ese peculiar graffiti va incluido un,¿quizá?, ingenuo corazón. 

A dos pasos, una bici roja cubierta de escarcha.

En el centro histórico de la ciudad situado en la isla de Gamla Stan, hay callejuelas,

 dragones,

y encajes.

 

La niebla ha dejado paso a un cielo azul transparente, nimbado de un gris  rosado, ligeramente velado en oro. El frío se escapa por la superficie helada del mar.

Al mediodía, el sol resplandece. Un cisne nada, solitario y enigmático, reencarnación segura de una bellísima inuit.