Pulgarcito se rebela.

Gustave Doré.

 

Pulgarcito no daba crédito a la carta que acababa de recibir y  había leído ya una media docena de veces: los servicios sociales le rogaban hacerse cargo de sus padres, quienes, debido  a su edad avanzada y a un estado de salud precaria, precisaban ayuda. Siendo el único familiar vivo tenía el deber de proveer a sus necesidades. Así lo estipulaba la ley.

Pulgarcito, a pesar de haber cumplido los cincuenta, tenía una estatura de niño. Un niño de  ojos astutos ceñidos por profundas arrugas. A pesar de no haberse dejado avasallar por un destino que, en el mismo momento de ser concebido, lo marcaba con hierro incandescente, y haber conseguido alcanzar una vida estable, Pulgarcito seguía conservando  la tez macilenta de los que han sido torturados desde una edad demasiado temprana.

¿Cómo se le podía exigir a un hijo que había sido abandonado y confiado a familias de acogida, cuidar de unos padres que nunca se habían preocupado por él y mucho menos amado (con unas migajas de atención se hubiese conformado), y de los que no tenía noticia desde hacía más de treinta años?

¿Cómo se podía tener la desfachatez de instar a un ser humano que considerara como padres a un hombre y a una mujer que habían hecho la vista gorda sobre los golpes recibidos por algunas “familias de acogida” que más que de acogida, eran de maltrato, sobre el cansancio que les minaba a sus hermanos y a él cuando otras “familias” los mataban a trabajar? De hecho sus hermanos habían ido muriendo como moscas soñando en un hipotético verano. La miel del olvido, una mezcla de alcohol de quemar y pegamento, les atacó con eficacia.

¿Cómo se le podía, ni siquiera sugerir,  que renunciara a la comodidad de una vida conseguida con un tesón que sus amigos, pero sobre todo su esposa  y su hija, consideraban como sobrehumano? ¿Acaso iba a privar  a su mujer de la vida confortable que hasta ahora le había proporcionado? Su mujer que le había enseñado con toda la fuerza de su cariño, que el amor y la lealtad existen. ¿Acaso iba a negar a su hija unos estudios  costosos donde sobresalía?… y todo esto para pagar a un par de malnacidos, una residencia donde cuidar ancianos, que por muy modesta que esta fuera,  tenía el precio de un hotel de cinco estrellas.

Padres que no habían tenido otro mérito que acoplarse como hienas pestilentes. Aunque hasta las bestias cuidan de sus cachorros. Lo había comprobado con asombro en documentales emitidos por la tele.

Algo tenía que hacer. Coger las riendas de su destino, como lo había hecho siempre. Tenía que ir a verlos. Algo se le ocurriría para suprimir a estos indeseables que de nuevo se empeñaban en pudrirle la existencia. Ellos no lo habían engendrado. Su mujer se había encargado de ello, lo había parido entre capas de amor. A ella, y solamente a ella, le debía el sentido de la vida.

Una ola de calor nunca vista asolaba el país. Cuando Pulgarcito llegó delante de la casa de sus progenitores, una ambulancia estaba aparcada frente a la puerta y a punto de arrancar. Pulgarcito preguntó al conductor que había ocurrido: los dos viejos que vivían en esta choza han muerto deshidratados, le contestó.

Pulgarcito no pudo reprimir una carcajada de alivio: por primera vez, y muy a pesar suyo, sus padres le habían echado una mano. Les pagaría el entierro. Qué menos.