Juego de espejos.

Helmut Newton.

Espejo, espejito mío,

¿No oyes como llueve dentro de mí?

Espejo, espejito mío

¿No oyes la soledad pegada a mis labios?

Espejo, espejito mío,

¿Dime que será de mí

cuando la tersura de mi piel

solo sea un recuerdo,

cuando la vida me haya hundido

en sus surcos y sus moratones?

¿Qué será de mí, que fui madrasta a mi pesar,

que no supe amar ni ser amada?

¿ Dí, que será de mí?

Incógnita de la vida,

enigma de espejos.

Mientras tanto te ofrezco mis labios,

campo de labranza,

mi corazón partido,

mi alma ¿un esbozo, un sueño?

Espejo, espejito mío.

Esplendor en la hierba.

 Helmut Newton.

 

Cuerpo columpiándose, quietamente, de un lapso de tiempo a otro.

Cuerpo con curvas de deseo, ingrávido como las horas cuando se enredan.

Cuerpo que se pierde en meandros de sensualidad, de caricias rememoradas y repetidas hasta perder el aliento. Suave y potente letanía.

Cuerpo suspendido en el recuerdo, caja blanda de añoranzas, tensa de anhelos.

Cuerpo lleno de susurros. Boca seca de invocar un nombre hasta morir de sed.

Cuerpo ofrenda que se deja penetrar por el olor de la hierba, por su densa humedad, cuerpo que se deja embriagar por el perfume de las rosas, por su tacto aterciopelado. Otro tacto, otro terciopelo retenido en los pliegues de los labios.

Cuerpo felino, dulzura de gata, fastuosidad de la piel, necesidad de ser acariciada, de no pensar, de vivir la eternidad del momento runruneando.

Dolor exquisito de la espera, hermoso latido de sangre  en la yugular, raíces expansivas de ninfeas en las arterías, flores en la mirada a la deriva,  intenso deseo de ser amada.