Nebulosa.

Hiroshi Sugimoto.

Mientras paseaba por el camino de los aduaneros, el ambiente nebuloso del día (un poco como lo es  la luz de una bombilla tras una pantalla de opalina) confería a mi entorno un aura irreal por mucho que mis sentidos me sugirieran que esta atmosfera era parte de mi esencia.

Al atravesar un prado y dejar de oír el chasquido de mis pasos sobre la gravilla, me acordé.

Cuando era niña, mi madre usaba unos polvos de arroz para perfumar su cuerpo. Rememoré la caja redonda de un color tan desvaído como lo eran las combinaciones de seda que usaba, (un rosa muy pálido tirando a crema, el color de las rosas de té, mis preferidas, untuosidad de pétalos en el roce de la tela contra la piel).

Cuando mi madre se ausentaba, me acercaba a la caja con pasos de felpa. Giraba su tapa con una lentitud que me exasperaba pero que sabía necesaria para no volcar su contenido.

Abierta la tapa, acercaba la cara y olfateaba los polvos de arroz como lo hacía Anaïs, nuestra gata, cuando se tropezaba con el olor tan apetecible de un ratón escondido entre las hierbas de la pradera; mismo deleite lleno de expectativas.

El aroma aspirado era tan remoto y sugerente como  lo es el de la primavera cuando late bajo la tierra, bajo la corteza de los árboles o  se asoma en el primer capullo de narciso en medio de la naturaleza aparentemente muerta.

Cogía la brocha redonda por la borla de flecos (brocha confeccionada con plumón de avestruz), la impregnaba de polvos, contenidos bajo una redecilla rígida. Con impaciencia de niña, ya imposible de reprimir, la acercaba a cualquier parcela de mi piel libre de vestimenta, brazos, cuello, rodillas. Mi piel desvelada adquiría un aspecto perlado, el aire se llenaba de partículas blancas, nube olfativa que me precipitaba en un mundo lleno de anhelos, tan mágico, irreal y lejano como los campos de rosas de Bulgaria que me describía mi madre, cuando reposaba su rostro sobre su brazo replegado  y recién empolvado.

Inefable olor de las rosas de Bulgaria exhaladas por la suavidad azul donde me fundo,  fugacidad de un momento robado a la nebulosa de mi memoria tan caprichosa como esquiva.