“Que me perdone Hopper”. Casa junto a la vía.

House by the Railroad. Edward Hopper.

 Cuando Norah vislumbró por primera vez la casa por la ventanilla del tren, pensó que su viaje había terminado. Se bajó en la siguiente estación. Preguntó por la casona. Estaba a la venta. La  visitó, pedían poco por ella, al estar tan próxima a la vía y un tanto deteriorada. Un mes más tarde ya estaba viviendo en ella.

Cuando el calor de la tarde apretaba  se refugiaba en el sótano. La bombilla que colgaba del techo estaba fundida, le daba pereza cambiarla. Unos ventanucos altos cubiertos de polvo dispensaban la luz suficiente para que Norah pudiese dirigirse hacia el chéster desvencijado sin tropezarse. Se dejaba caer encima con todo su peso,  su corazón se sobresaltaba cuando crujían los muelles. Se escapaban trozos del relleno de crin por las rajas del cuero, el polvo la hacía estornudar erizando su piel. Al poco tiempo los brazos y las piernas le empezaban a picar. Se rascaba desprendiendo  escamas microscópicas que nutrían a millones de ácaros anidados en las crines de lo que fue un ser vivo.

El tiempo andaba al paso, sujeto por una trenza de crines, ácaros y escamas  hasta que los cimientos de la casa empezaban a temblar de forma casi imperceptible convirtiendo a Norah en el eje de sus vibraciones. El tren de las cinco pasaba, obturando el sótano de noche, ruido y velocidad. Los ácaros se quedaban paralizados y Norah se subía en marcha.

Reintegraba todos los trenes y todos los hoteles próximos a todas las estaciones que le habían servido de casa, permitiéndole  salir quedándose dentro. El tren volvía a dar velocidad al tiempo, confiriendo a Norah la ligereza de un visillo hinchado por la complicidad de  la brisa.

Cuando el silbido del tren se iba alejando y su traqueteo se perdía en la lejanía, Norah volvía a su chéster excavando  túneles  bajo tierra. Como  descarrilar no formaba parte de su lenguaje y mucho menos de sus planes, los forraba de raíles.  Norah, la cabeza apoyada contra el brazo del sofá, se recordaba apoyada contra la ventanilla de un túnel de luz que la llevaba lejos del vacío de la llanura donde solo se oye el masticar de los ácaros.

Una llanura de la que no se puede escapar, le sugirió la casa al deslizarse por la ventanilla.