Viajando por Noruega. Travesía y fin de viaje.

En el barco la vida deja de ser una línea recta para volverse curva. No teniendo nada que hacer entre escala y escala , las horas pierden su rumbo como lo hacen las de una tarde de domingo.
El espacio vital (detrás de las ventanas) se vuelve onírico. Las visiones, movedizas, debido al oleaje, se renuevan segundo a segundo. Su tonalidad puede pasar de una realidad en blanco y negro dura como el acero (cuando la paleta de grises se evapora)

a otra tan transparente y brillante como la superficie de un espejo.

El silencio, pura escarcha, se vuelve táctil. Cuando se dibuja una isla dentro de este silencio, (vuelto esencia de uno mismo) no resulta difícil cogerla en la palma de la mano, acariciar su frialdad y su soledad, calmarla como a un pajarito con un ala rota y susurrarle en su oído de piedra que entiendes su desesperación al saber que no podrá volar a pesar de poseer toda la inocencia y la rebeldía para poder hacerlo.
Cuando la isla se desliza fuera de ti, solo queda el recurso, para que no naufrague su recuerdo, dibujar con el índice sus contornos en la palma de la mano. Te sobresaltas al comprobar que las líneas de tu mano calcan el perfil que se va alejando en el horizonte, perfil genéticamente tuyo.

El cuerpo sube y baja al ritmo de este mar tan ermitaño y tan puro, se sumerge en avalanchas de espuma, maravillosa sensación la de ser sirena de proa, erguida y soberbia, en la cresta de la ola; profunda angustia, al sentirse proyectada en un valle marino, el cuerpo rastrillado por el chillido metálico de las gaviotas, lacerado como el de una heroína de Hitchcock.

Al llegar a puerto, el mar se calma, la naturaleza se vuelve reflejo, la existencia se percibe como una unidad de tiempo no más importante que la que la precede o la que la sucede. Dentro de esta naturaleza tan soberbia, uno no puede más que sentirse minúsculo… pero al aspirar una bocanada de aire siente como los cincuenta billones de células que componen su cuerpo vibran de placer al sentirse vivas e irrepetibles en el fluir de los siglos.

… ¡y con esta bocanada de aire puro este viaje se da por terminado!