Quimera.

Elliot Erwitt.

Acababa de terminar el libro de Javier Marías “Los enamoramientos” cuando entró una pareja en el bar, cercano a la estación de Atocha, donde acostumbro ir a comer, (un hombre y una mujer rondando la cincuentena, de estatura y corpulencia media,  facciones agradables aunque corrientes). Llovía y llevaban ambos gabardinas de un beige muy claro. Una pareja como las hay a miles, una pareja a la cual no habría prestado atención de no estar todavía imbuida en el libro que acababa de leer.

Se sentaron juntos, frente a mí, en una mesa separada de la mía por  un estrecho pasillo. No se quitaron las gabardinas, y nada más tomar asiento  enlazaron sus manos. De ellos emanaba una fragancia a lluvia, que, a modo de burbuja, les aisló de inmediato del olor a calamares fritos que impregnaba el ambiente.

Empecé  a observarlos con disimulo. Al comprobar como no reparaban ni en la presencia ni en la voz del camarero, que para hacerse notar tuvo que dar unos golpecitos en la mesa, mi contemplación se volvió inquisidora.

Me sentía atraída como un imán por sus miradas anudadas, la profundidad de la de él, (de ella solo veía el perfil),  río de dulzura en el fondo de un pozo, ojo donde se asoma el mar en medio de la roca.

Con gesto muy tierno, él deshizo el nudo que ataban sus manos introduciendo una de las suyas por debajo de la manga de la gabardina de ella, desvelando la desnudez del brazo, acariciándolo en lentos movimientos circulares. Las manos de ella se agarraron con tal fuerza a la mano dejada en prenda entre las suyas que los nudillos se volvieron blancos. Detrás de la ventana cargada de nubes negras, el cielo clareó  llenando de destellos la superficie de las gabardinas  donde las gotas de lluvia habían dejado marcados caminos convergentes.

La imagen de la pareja era tan bella que huí  sin meter ruido. Poner distancia con celeridad era imperativo para mantener viva la esperanza de la quimera del amor.

Al salir del bar, un coche me salpicó de agua sucia manchando mi gabardina  de un beige muy claro;  no pude evitar darme la vuelta para ver a la pareja una última vez. Un vaho fragmentado cubría el cristal de la ventana impidiendo la visión, vaho  que cubre la ventanilla del tren mientras me alejo del bar cercano a Atocha y escribo estas líneas.