Paris, 14 de febrero: ¡Una historia de amor en toda regla!

 

Magritte. El beso.

 

Marc paseaba por los Jardines de Luxemburgo. Daba vueltas al estanque, esquivando las parejas enamoradas de andares torpes, y sin embargo tan delicadamente entrelazadas, poniendo oídos  sordos a las risas de los niños, evitando los reflejos del sol, parapetado tras unas gafas negras. La suma de todos estos elementos acentuaba aun más la rigidez de su mandíbula y la obsesión que lo mantenía anclado al 14 de septiembre, día en que la había conocido: hacía hoy exactamente 5 meses, 153 días,  3672 horas, miles y miles de minutos, cada uno de ellos marcados por los latidos disparados de su corazón.

Aquel lejano 14 de septiembre estaba tomando un gin tonic en el bar del Lutecia  después de un  día de trabajo. Llevaba tiempo desanimado, sin motivo aparente, y sí existía alguno, Marc prefería no averiguarlo. Pertenecía a esta clase de hombres a quienes no les gusta pelear con sombras.  La luz tamizada de los apliques de pared, ayudada por los efectos sedantes del alcohol, desdibujaba suavemente los rostros. Un pianista japonés tocaba un blues amortiguado por la moqueta roja y las cortinas de terciopelo del mismo color. Se sentía cada vez más a gusto, arropado de rojo, su color, color del baúl de su infancia, rellenado de juguetes con puntualidad británica, color de los estuches de joyas que, a su vez, regalaba con la misma puntualidad, a mujeres sofisticas e intercambiables que cabían todas en la tarjeta diminuta de su  teléfono móvil.

La entrada en el bar de una chica muy alta captó su atención,  haciendo desaparecer cualquier rastro de cansancio y accionando un resorte que irguió su espalda de golpe.

Superaba el metro ochenta. Era extremadamente delgada. Tenía el pelo rubio, casi blanco, cortado a lo chico. Unos ojos oscuros, cercados por profundas ojeras, ensombrecían el rostro sin maquillar de facciones finas y pómulos prominentes. Cara de niña asustada, pensó Marc con sorpresa.

La desconocida se sentó en la mesa de al lado. Pidió un whisky doble esforzándose en la pronunciación. El bolso dejado en suspenso en el borde del asiento cayó al suelo. La joven se agachó para recogerlo. Marc se había adelantado. Al acercarse a ella, aspiró el olor de su piel. Olor a jabón, constató asombrado.

Se presentaron. Era rusa. Modelo de alta costura. Tenía dieciocho años,  llevaba tres viviendo en Paris. Su voz sonaba grave y densa. Fumaba sin parar. Acababa de terminar una sesión de fotos, estaba agotada. Se llamaba Verushka. Marc la invitó a tomar otra copa en su casa, cercana al hotel.

 Los besos de Verushka sabían a alcohol y tabaco envueltos en capas de ternura. Las manos de Marc temblaron al acariciar el cuerpo de niña hambrienta. La desnudó despacio. Con miedo a dañarla, la piel tranparente estaba cubierta de ronchones despellejados. Al hacer el amor, Marc se conmovió al ver la desmesura de su abandono. Se quedaron apelotonados el uno contra el otro, imbricados como piezas de puzzle pulidas por el uso. Marc, insomne confeso, se quedó dormido, abrazado a ella.

Al despertar, notó un vacío. Se levantó de un salto. Rastreó el piso mientras el corazón bombeaba el nombre de Verushka. No encontró ni una sola huella, ni un número de teléfono para añadir a su móvil.

– · – ·

 

 

El sol de febrero no conseguía calentar a Verushka. Era la primera vez que  salía al aire libre desde su ingreso en aquella clínica de desintoxicación. La habían encontrado inconsciente en su apartamento. El polvo blanco proporcionado por su manager había resultado ser demasiado puro.

Después de haber tocado fondo, entre espasmos helados, aulló de miedo aspirada por un mundo subterráneo enterrado bajo paletadas de cocaína fraguadas en alcohol.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                Y En una esquina, de repente, el fulgor de una bomba de napalm. A los quince años, al salir del colegio, un agente de modelos, en busca de estrellas, se había fijado en ella. Andreï, así se llamaba, la había alojado en un piso con otras niñas. Le habían enseñado a moverse, a vestirse, a maquillarse. Al terminar el aprendizaje había firmado un contrato de fábula con una agencia parisina. Estaba escribiendo su nombre en mayúsculas encima del vaho del espejo del cuarto de baño de una habitación del Ritz , cuando Andreï irrumpió en él, otorgándose el derecho de pernada y la propiedad exclusiva de un producto diseñado por él. Cada vez que podía Verushka se frotaba la piel con un guante de crin.

  A  pesar de la dureza de la cura, se encontraba a gusto en la asepsia de la clínica. No tenía que interpretar ningún papel, la imagen quebradiza devuelta por el espejo correspondía a su ser más íntimo.  

Por primera vez desde su ingreso se había vuelto a poner su ropa de calle. Hoy le daban el alta. Sintió miedo y frio. Se subió el cuello de la chaqueta y metió las manos en los bolsillos. Sus dedos tropezaron con un trozo de cartón arrugado. Lo sacó. Era una tarjeta de visita. La de Marc ¡Ahora se acordaba! Se la había dado, nada más conocerla. Alisó la tarjeta satinada, la olfateó y la besó con la misma dulzura con la que había besado la mejilla de  Marc antes de llevarse lejos su cuerpo  demasiado usado. Antes de estropearlo todo.

 Ahora quizá…Cogió su móvil, le temblaba el pulso, los números bailaban. Bizqueando por el esfuerzo consiguió marcar las cifras. Escuchó un zumbido breve, unas risas de niños, una voz que le preguntaba con automatismo cansado:

-¿Sí, dígame?

-Marc, soy Verushka. ¿Te acuerdas de mí?