Nada.

 

 

Oleg Dou.

 

Los alaridos de la bestia se estrellan  contra la bóveda de mi  cráneo.  Sus puños cerrados  apalean  mi rostro con la misma cadencia que el punchinball de su gimnasio.

 Mi cabeza es  latido rojo.

Me desparramo sobre el suelo como las lentejas que le hice para cenar y me tiró a la cara. Basura, digna de ti, me murmuró  al oído, mientras me agarraba del cuello resoplando  ira.  

La bestia remata su faena acribillándome a patadas. Vislumbro el brillo de sus zapatos que lustré esta mañana. Intento  no hundirme  entre las lamas del suelo, evitar el naufragio, no ahogarme en el  embiste de  las olas de sangre que azotan mi garganta. Una ráfaga de granito me clava sus esquirlas. Un grito brutal quiebra la tormenta. En la luz negra del piso, el machaque de los zapatos  se  aleja  aplastando  la tarima revuelta.  El relámpago de la luz del rellano rasga  en dos  la sombra  que se alisa la chaqueta para salir a la calle. El doble  giro de la llave aprieta mi garganta con nudo corredizo. Oigo a lo lejos mi respiración sibilante. La piedra me invade reventando presas;  el torrente de mi sangre  arrastra mis despojos.

De mí no queda nada. Solo un estilete de piedra.