Tristeza.

 Fotografía  Moholy- Nagy.

Vuelvo a sentarme delante del ordenador, releo el texto escrito, no vale nada. Lo borro y me doy pena. Me da pena darme pena. Solo me faltaba la autocomplacencia.

 El hecho es que una luz negra de otoño baña la habitación como si la primavera y el verano hubiesen pasado de largo o yo, sin darme cuenta, hubiese pasado de ellos. Las gotas de lluvia retumban sobre el zinc. Dejo de teclear                                                         la tromba de agua ha cesado y vuelvo a escribir (me tapaba los oídos, no soporto el ruido de metralla). Delante de la pantalla del ordenador, otra pantalla, la ventana. Detrás de la ventana un solar tapado por unos tabiques y encima, mi imagen agrandada. Estoy en el cine. Soy director y actriz, la oportunidad de mi vida.

 No se me ocurre nada, cine mudo en blanco y negro, película atascada. Un zumbido renqueante. El de la nevera mal calzada. La lluvia resbala sobre la ventana, sobre los tabiques, sobre mí. No la siento, no me moja. Soy un personaje de celuloide. El cemento está empapado,  tan gris y tan sucio que tapa los poros. Miro la pantalla del ordenador para no ahogarme, las letras se incrustan, garrapatas negras adheridas  en la carne del perro que se rasca en la acera de enfrente.

Al fin hoy no es mi día, demasiada lluvia. Hoy hubiera podido ser Ilsa, estar en Casablanca junto a Rick y escucharlo decirme “Siempre nos quedará Paris.”

 He perdido mi oportunidad. Suspiro, suspiro y suspiro (lo escribo porque no se oye). En cuanto a la tristeza es un sentimiento tan raro que, la verdad, ignoro como describirlo.