En Berlín, antes del muro, hubo alambradas.

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Larvas

Ilse se dirige hasta la plaza de Brandeburgo. Le cuesta andar por vieja y por el muro que lleva a cuestas. Las placas de hormigón derribadas hace dos décadas las lleva apiladas en la chepa y nadie se da cuenta. Al llegar a la plaza, Ilse no ve las luces, no siente la multitud que la empuja, ni oye la música emitida por los altavoces. Solo oye la sangre en las sienes bombeada por un dolor desnudo y seco. Sus ojos se enganchan en  alambradas visionadas en la sala oscura  de su cráneo. Película en Súper 8, proyectada por sus retinas y gastada de tanto rebobinarla.

Dos pesadas trenzas rubias salen de su gorro de lana de angorina blanca, el preferido de Frantz. Mira su reloj de pulsera. Son las doce de la mañana, en punto, la hora convenida. Escondida en un portal frente al Charlie Point de la Friedrichstrasse, Ilse espera dentro del abrigo de zorro apolillado, resto olfático y apelmazado de su madre. Los minutos pasan, la penumbra se cuela por los agujeros. Ilse se sube el cuello de piel. Su oreja se llena de un polvo gris muy fino. Baja al tímpano, aletea. Detrás de la alambrada erizada de pinchos que separa su calle de la calle de Frantz, unos soldados, las caras sombreadas bajo las gorras, montan guardia al otro lado. Pisotean la primera nieve, caída por la noche. Orinan encima, orlando de amarillo sus pisadas negras de asfalto. Antes de ver el camión, Ilse oye la trepidación del motor. El aleteo se amplifica taponando el conducto auditivo. El conductor enseña el salvoconducto. Unos soldados rodean el camión. Son tantos que desaparece. Se agachan. Las polillas aletean a miles en el cráneo de Ilse, chapa metálica del camión reaparecido, agujereado entre gritos por decenas de fusiles escupiendo fuego. El camión ruge a plena potencia, arranca la valla, descontrolado. Se empotra contra una pared en ruinas. Cuando Isle llega al camión, los soldados americanos ya han tendido encima de la nieve , teñida de rosa, al conductor y a Frantz. Ilse se agacha, acuna entre sus brazos los últimos sobresaltos  del cuerpo amado, acaricia la mejilla quemada por el tubo de escape, besa la boca donde gorgotea la sangre.

 Dos adolescentes con caras perforadas de piercings la ayudan a incorporarse gentilmente, se proponen acompañarla como lo hicieron unos soldados americanos, un nueve de noviembre, hace cuarenta y nueve años. A Ilse le tiembla tanto la barbilla que no puede articular palabra. Dice que no con la cabeza donde larvas translucidas reptan en silencio.