Paseando por Normandía entre las flores de mi jardín. Fermanville.

Cuando llego a Normandía, a mi casa, mi primer impulso es dar una vuelta por mi jardín. Os llevo de la mano para mostraos mis flores.  Me enseñan el arte de la paciencia,virtud de la que carezco. Virtud que eclosiona en mí lo que dura el verano para marchitarse cuando llega el otoño.

Mi jardín tiene la tonalidad azul porcelana de un día de verano cuando despunta la luz.

El azul sin límites de los ojos de mi padre

…y el azul violeta de los ojos de mi madre.

Es la edad de la inocencia

y la cresta de la ola.

Es volátil y efímero como alas de mariposa,

se sonroja como una doncella

cuando su enamorado liba su esencia,

es líquido e insensato,

es fulgor de sol,

 alma cándida,

 desmelenamiento de sollozos rotos,

huida  entre el verdor amargo de los helechos

por el pasadizo secreto de los niños perdidos

hacía el horizonte de Julio Verne donde no existe el rayo verde

pero sí, pétalos de rosas llamadas “Hilo de las estaciones”, Penélopes pacientes que tejen el tiempo.

También es fruta prohibida.  ¡La única frambuesa que no se han comido…

… los pájaros de mi paraíso terrenal!

Mi jardín es todo esto y mucho más. Es el perfume que se evapora, el dolor que se aleja, el sonido del agua, el silencio de las flores, pistilos de oro deshechos por el viento, árboles de sombra profunda, el pasado, el presente y el futuro conjugados en un mismo tiempo coherente y universal. Este es mi jardín, pero para que tenga sentido es ante todo, vuestro jardín. Nuestro jardín. Mestizaje cultural y vegetal.

Un abrazo de… una  Eva reencontrada el tiempo que dura una rosa sacudida por el viento.