Pequeñas infamias, o la vida íntima de una ciudadana llamada X. (4) dando por supuesto que X es intercambiable y de sexo variable.

Autopsia. Paul Cézanne.

¿Hombro derecho o izquierdo? pregunta X. Derecho, doctor.  Viene puesto en el informe, y además, mire, dice la paciente,  bajando la manga de la bata desechable, lo han untado de Betadine. Más vale asegurarse, contesta X mientras dibuja una cruz encima de la superficie amarillenta. Si lo desea le puedo anestesiar  el brazo, aunque no es necesario, ya que la endoscopia se va a realizar bajo anestesia general. Pero, pero, si ya he firmado mi consentimiento, balbucea la paciente, me lo aconsejo el cirujano. X coge los informes colocados al pie de la camilla, los saca del sobre, echa un vistazo y asiente, en efecto, ¿por cierto le avisaron que es doloroso?

¡Oye tú!, chilla X a la enfermera agachada sobre una camilla situada  en el box de enfrente, ¡Qué haces! ¡Te necesito aquí y ahora!  Doctor es que no logro poner la vía, murmura ella. ¡Pero sí  te he dicho que sí no  consigues  colocarla  en la mano que la pongas en el antebrazo!  No puedo Doctor, se defiende ella con voz temblorosa. En menos de dos zancadas  X se encuentra en el box   y aparta la enfermera. Una niña de unos diez años  yace encima de la camilla, el pecho sacudido por el llanto. Sin mediar palabra  X coloca la vía, enchufa el goteo y manda a la enfermera en busca del camillero. El camillero, un sordomudo cheposo con cara de Quasimodo se lleva a la niña, tiesa de miedo, hacía el quirófano.

X vuelve hacía la paciente, seguido de la enfermera.  ¡Ya te puede salir a la primera que te necesito para anestesiar el hombro!  espeta X.  La enfermera coge la mano izquierda de la paciente y empieza a pinchar buscando una vena apropiada mientras X acerca un monitor  y hunde una enorme aguja en el cuello de la paciente. La paciente empieza a tiritar. ¡Estese quieta! ordena X, ¡La aguja está a menos de dos centímetros de la carótida! La paciente intentando parar el temblor que la estremece, cruza las piernas con fuerza. ¡Le he dicho que se esté quieta, es que no me ha oído! Doctor no consigo poner la vía, ni en la mano ni en el brazo, susurra la enfermera. X, furioso, le ordena que sujete la aguja clavada en el cuello mientras pone la vía con gesto  brusco  en el antebrazo agarrotado, y acopla el suero. X vuelve a su sitio, la enfermera al suyo, X le tiende un tubo de plástico que cuelga de la máquina, tubo terminado por una perilla. ¡Ahora aprieta con fuerza y me vas bombeando el anestésico!  ¡Con más fuerza, apenas llega liquido y se está formando un coágulo en el embudo! Vocifera X. No puedo, gimotea la enfermera. De la camilla se eleva una voz histérica ¡¡¡¡Me quiero ir!!!!  ¡No te fastidia y yo! ¡Estoy hasta las narices de estar encerrado aquí! ¡Y tú aprieta la perilla de una puñetera vez! Sigue vociferando X, cada vez más encolerizado.

En este momento se oye el chirrido de  una camilla que sale de un quirófano. La cara grisácea de un anciano asoma por encima de la sabana. Lo colocan en el box de enfrente. Respira a trompicones, intenta toser, no puede, la garganta atascada por las flemas. X no se inmuta. La paciente, asustada por los estertores quejumbrosos, musita asustada, ¿Doctor no se estará ahogando? X, con mueca de asco contesta, ¡Que se aguante!  ¡Está aquí cada dos por tres! ¡Que no hubiese fumado tanto! ¡Hale!  Ya hemos terminado con usted, pronuncia X en tono monocorde, y de seguidillo le dice a la enfermera, colócale al viejo la mascarilla de oxigeno y llama al camillero.

Lo último que oye la paciente, antes de entrar en el quirófano es la voz de X farfullando  al pasar al lado del  anciano, ¡desgraciado!