Esplendor en la hierba.

 Helmut Newton.

 

Cuerpo columpiándose, quietamente, de un lapso de tiempo a otro.

Cuerpo con curvas de deseo, ingrávido como las horas cuando se enredan.

Cuerpo que se pierde en meandros de sensualidad, de caricias rememoradas y repetidas hasta perder el aliento. Suave y potente letanía.

Cuerpo suspendido en el recuerdo, caja blanda de añoranzas, tensa de anhelos.

Cuerpo lleno de susurros. Boca seca de invocar un nombre hasta morir de sed.

Cuerpo ofrenda que se deja penetrar por el olor de la hierba, por su densa humedad, cuerpo que se deja embriagar por el perfume de las rosas, por su tacto aterciopelado. Otro tacto, otro terciopelo retenido en los pliegues de los labios.

Cuerpo felino, dulzura de gata, fastuosidad de la piel, necesidad de ser acariciada, de no pensar, de vivir la eternidad del momento runruneando.

Dolor exquisito de la espera, hermoso latido de sangre  en la yugular, raíces expansivas de ninfeas en las arterías, flores en la mirada a la deriva,  intenso deseo de ser amada.

A veces en Madrid fluye el Mekong.

  

Petit Mekong. Gabriel Schmitz 

Sale a la Gran Vía al atardecer, ingrávida de cansancio, derretida de masajear con toda la fuerza de sus escasos cuarenta kilos, cuerpos sobrealimentados. Las horas han obturado sus poros de capas de ungüentos.

Empieza a llover torrencialmente. La gente se apresura. La boca de metro está cerca. La empujan, le chillan cosas que no entiende.  Se ha quedado sola sobre la acera. Levanta el rostro hacia el cielo invernal. Tan bajo. El agua la inunda. Hojas muertas revolotean a su alrededor. Los  coches la salpican de barro líquido. Los motores vibran.

Los motores de las barcazas  del Mekong vibraban de otra manera, a trompicones. Toneladas de arena, de bambú, de arroz, de frutas tropicales, de verdura, las hundían en el agua.  El humo del gasóleo escocía la nariz, su combustión imprimía estelas irisadas. Navegaba sin miedo  en su barca de remos cruzados. En la proa su padre había pintado dos ojos. Los demonios del río no le asustarían ni tampoco los  nueve dragones  de fauces abiertas. Lo que ignoraba su padre es que no le asustaban ni los demonios ni los dragones. Solamente los peces. Los peces que llevaba al mercado de Chau Doc en cestas de mimbre. Para distraer su miedo  se aventuraba al amanecer en solitarios laberintos acuáticos sombreados de manglares y palmeras. Levantaba el rostro hacia el arco de sus copas inclinadas. Unas alas de libélulas zumbaban, suspendidas, en la jungla entrecruzada  de luz. Alas transparentes y ligeras. De tanto contemplarlas  el frescor se desvanecía de golpe y el calor estallaba taponando el olfato  del hedor de los peces. En el sótano de su casa flotante, piscifactoría como las hay a miles en la embocadura del Mekong, oía los coletazos de la marabunta hacinada. Tumbada contra las lamas mal ensambladas del suelo  la espiaba devorándose en la  humedad  oscura. Cuando se levantaba, escamas viscosas se pegaban a su ropa, mates de penumbra. 

En el mercado una turista le regalo una muestra de perfume, – se llama vuelo de noche- , le dijo el guía en su idioma. Al abrir el frasco unos olores insospechados liberaron sus sentidos atrapados entre redes pestilentes. El ámbar acarició suavemente sus párpados, la  vainilla impregnó su dermis, el talco suavizó la aspereza de las agallas y la seda con reminiscencias de iris armó sus sueños evanescentes de alas de acero listas para emprender el vuelo.

En la orilla de la Gran Vía, los coches la siguen salpicando. Siente la humedad colarse a través de la ropa mojada. Se apresura hacia la boca de metro. Baja las escaleras hasta las entrañas de la ciudad. Es hora punta. Entra en un vagón, repleto de gente. La masa la apachurra, manos ásperas la rozan, le falta aire. Siente una opresión en el pecho y unas  ganas irrefrenables de huir.