Buscando palabras para un cuadro: Desnudo, hojas verdes y busto.

 

Desnudo,hojas verdes y busto. Picasso.

La sombra de un rostro, refugiada en los pliegues de una cortina, observa el cuerpo  de su amada, capturado por el sueño.

  La sombra se proyecta  bajo la curvatura perfecta de los brazos sonrosados, se enreda en la jungla dorada del pelo, revolotea alrededor de la boca donde resuenan ecos de risas. Se inmiscuye en el soplo del aliento,  recorre valles movedizos, cumbres borrascosas, caminos tortuosos, el corazón en las sienes.

 Bajo la mirada puntiaguda  de una estatua cubista, un minotauro se acerca a pasos quedos,  las pezuñas forradas de terciopelo. Al acariciar la piel tan blanca, la silueta  animalesca  se evapora colmando los poros de la mujer dormida de un sudor almizclado.

 Los pechos llenos de dulzura marcan el ritmo liso del descanso. De la profundidad misteriosa del vientre adolescente brota un remolino de hojas verdes cuajadas de savia, cálices acres de concupiscencia.

La sombra de un rostro devoto se inclina besando el follaje prohibido. El cuerpo venerado, amarrado a los brazos de su amante, ondula mecido por un oleaje de fondo, haciendo tambalearse  las manzanas del pecado original.

En busca de un instante perdido.

 

Jackson Pollock

¿Te puedes creer que ayer anoche, al limpiar el armario de mamá, me encontré  en el altillo, guardados en una caja de cartón, un proyector, un magnetofón  y una película? No te imaginas lo aturdida que me sentí conociendo la aversión que tenía por este tipo de artilugios.  Los saqué atropelladamente y los dejé en el suelo. Me temblaban tanto las manos que se me cayó el carrete. El ruido se expandió rebotando contra las paredes desnudas, disgregándose en ecos diminutos. Me arrodillé y después de muchos intentos logré engancharlo a la rueda dentada del proyector. Conecté los cables a un par de enchufes sueltos. Dirigí la lente hacia la pared del fondo.  Encendí el proyector, me costó poner en marcha la grabadora medio atascada. Apagué la bombilla que colgaba del techo.

 La pared se llenó de rayas discontinuas y blancas. De pronto emergió de ellas mi madre muy joven y sonriente. Sentada encima de sus rodillas, yo, con algo menos de un año, tendía los brazos hacía la cámara haciendo gorgoritos. Mamá seguía sonriendo inmóvil y muda.  Empecé a patalear. Ya te avisé que la paciencia no era mi fuerte. Los labios carnosos de mamá se volvieron trazo afilado. Sus manos me sujetaban con fuerza. Al ver los nudillos sobresalir, puntiagudos y blancos, por encima del dorso de sus manos esbeltas, deduje que me tuvo que hacer daño, ¿mucho daño, no te parece? Empecé a llorar. Se oían gorgoritos.  Mala sincronización del proyector con el magnetofón, chillé con rabia. Sollozaba. Parón brusco de la película. Pared negra.

 La imagen reapareció nítida y el que me arrullaba, me acunaba entre sus brazos, no era mamá sino papá. La cámara enfocaba su rostro pegado al mío. Una dulzura que no recordaba suavizaba sus rasgos angulosos. Acariciaba mi pelo con mimo, sus ojos derramaban ternura. Lo miraba embelesada. Su boca rozaba mi oreja, articulando sonidos inaudibles. Fin de La película.

 Sin embargo una voz suave, desconocida, se adueño del espacio, se deslizó por mis oídos, llenó mi cerebro con palabras de amor, mi niña, mi vida, cariño…y la más hermosa de todas,  mi nombre. Mi nombre pronunciado con tanto mimo, ¡ay sí supieras!, con tanto mimo que parecía otro… Mi corazón extraviado se dilató en medio de delicadas filigranas.

 La voz se paró. Por encima de ella se superpuso  el recuerdo de otra, autoritaria, cansada, esquiva. Tan esquiva que un buen día dejó de sonar en nuestra vida, la de mamá y la mía.

 Volví a ver la película una y otra vez, y sabes, ayer me di cuenta que me había pasado la existencia  mendigando sencillas palabras de amor  tiernamente moduladas tal y como lo hizo mi padre aquel lejano día. Sonidos capturados  en una vieja película y rescatados por azar.

Don´t- Touch- Me.

Olimpia, Édouard Manet.

Diluvia. Ella, debajo del paraguas chorreante, intenta esquivar charcos, no siempre lo logra y sí no fuera por el alboroto de las bocinas, podría percibir como sus pies chapotean dentro de los zapatos empapados. Él ignora sus llamadas. Mira la acera, hace suyas las baldosas, las apila prietas en su cerebro sin dejar resquicio. Al pasar por una plaza bordeada de mimosas,  un olor dulce  se adueña de su olfato. Levanta la cabeza cercada de hormigón. La luz de una farola alumbra un entramado amarrillo y verde curvado por el peso de las flores. Extiende el brazo y arranca una rama. Pequeños pompones  esponjosos le cosquillean la piel, unas  gotas de lluvia se desprenden sobre las mejillas.

 Al llegar al dormitorio, deposita las mimosas encima del edredón, deja caer el paraguas y el bolso al suelo, se despoja de la gabardina sacudiendo los hombros, se quita los zapatos y lo deja todo amontonado al pie de la cama.  La humedad se ha ido infiltrando en su cuerpo erizando la piel.

Abre el grifo de la bañera, vierte un gel untuoso, la espuma se extiende  en aros ondulados. Enciende la mecha de una  vela redonda  contenida en un  frasco de cristal. Apaga la luz, no desea verse. Al bajar la cremallera del vestido le sobresalta el ruido metálico. Sus manos estremecidas se deshacen de la seda gris perla de la ropa interior.  

 Agradece el agua demasiado caliente. Apoya la cabeza sobre el reborde curvo de la bañera. Una capa de espuma ligera y profunda  cubre el agua. Su mente se evade, estira el momento, suspende el mundo en el vaho olfativo de la bañera. Su cuerpo se expande, bing bang insonoro en un universo de alvéolos de jabón.

Tumbada bajo el edredón, redondea el brazo alrededor de las mimosas y antes de caer en el pozo negro de un sueño artificial, huele y acaricia las flores reventonas.

Por la ventana entra la luz oscura de otro día de lluvia. Al pie de la cama una aureola de agua marrón rodea el amasijo de ropa. Las flores se han encogido hasta convertirse en diminutos puntos quebradizos.

Pequeñas infamias, o la vida íntima de una ciudadana llamada X. (4) dando por supuesto que X es intercambiable y de sexo variable.

Autopsia. Paul Cézanne.

¿Hombro derecho o izquierdo? pregunta X. Derecho, doctor.  Viene puesto en el informe, y además, mire, dice la paciente,  bajando la manga de la bata desechable, lo han untado de Betadine. Más vale asegurarse, contesta X mientras dibuja una cruz encima de la superficie amarillenta. Si lo desea le puedo anestesiar  el brazo, aunque no es necesario, ya que la endoscopia se va a realizar bajo anestesia general. Pero, pero, si ya he firmado mi consentimiento, balbucea la paciente, me lo aconsejo el cirujano. X coge los informes colocados al pie de la camilla, los saca del sobre, echa un vistazo y asiente, en efecto, ¿por cierto le avisaron que es doloroso?

¡Oye tú!, chilla X a la enfermera agachada sobre una camilla situada  en el box de enfrente, ¡Qué haces! ¡Te necesito aquí y ahora!  Doctor es que no logro poner la vía, murmura ella. ¡Pero sí  te he dicho que sí no  consigues  colocarla  en la mano que la pongas en el antebrazo!  No puedo Doctor, se defiende ella con voz temblorosa. En menos de dos zancadas  X se encuentra en el box   y aparta la enfermera. Una niña de unos diez años  yace encima de la camilla, el pecho sacudido por el llanto. Sin mediar palabra  X coloca la vía, enchufa el goteo y manda a la enfermera en busca del camillero. El camillero, un sordomudo cheposo con cara de Quasimodo se lleva a la niña, tiesa de miedo, hacía el quirófano.

X vuelve hacía la paciente, seguido de la enfermera.  ¡Ya te puede salir a la primera que te necesito para anestesiar el hombro!  espeta X.  La enfermera coge la mano izquierda de la paciente y empieza a pinchar buscando una vena apropiada mientras X acerca un monitor  y hunde una enorme aguja en el cuello de la paciente. La paciente empieza a tiritar. ¡Estese quieta! ordena X, ¡La aguja está a menos de dos centímetros de la carótida! La paciente intentando parar el temblor que la estremece, cruza las piernas con fuerza. ¡Le he dicho que se esté quieta, es que no me ha oído! Doctor no consigo poner la vía, ni en la mano ni en el brazo, susurra la enfermera. X, furioso, le ordena que sujete la aguja clavada en el cuello mientras pone la vía con gesto  brusco  en el antebrazo agarrotado, y acopla el suero. X vuelve a su sitio, la enfermera al suyo, X le tiende un tubo de plástico que cuelga de la máquina, tubo terminado por una perilla. ¡Ahora aprieta con fuerza y me vas bombeando el anestésico!  ¡Con más fuerza, apenas llega liquido y se está formando un coágulo en el embudo! Vocifera X. No puedo, gimotea la enfermera. De la camilla se eleva una voz histérica ¡¡¡¡Me quiero ir!!!!  ¡No te fastidia y yo! ¡Estoy hasta las narices de estar encerrado aquí! ¡Y tú aprieta la perilla de una puñetera vez! Sigue vociferando X, cada vez más encolerizado.

En este momento se oye el chirrido de  una camilla que sale de un quirófano. La cara grisácea de un anciano asoma por encima de la sabana. Lo colocan en el box de enfrente. Respira a trompicones, intenta toser, no puede, la garganta atascada por las flemas. X no se inmuta. La paciente, asustada por los estertores quejumbrosos, musita asustada, ¿Doctor no se estará ahogando? X, con mueca de asco contesta, ¡Que se aguante!  ¡Está aquí cada dos por tres! ¡Que no hubiese fumado tanto! ¡Hale!  Ya hemos terminado con usted, pronuncia X en tono monocorde, y de seguidillo le dice a la enfermera, colócale al viejo la mascarilla de oxigeno y llama al camillero.

Lo último que oye la paciente, antes de entrar en el quirófano es la voz de X farfullando  al pasar al lado del  anciano, ¡desgraciado!

Búfalo.

Ed Ruscha

Está amaneciendo en La Castellana desdibujada en la niebla. Un hombre avanza encorvado por la avenida. Un dolor sordo le atraviesa el pecho. Reconoce el bufido frío de la bestia. Un escalofrío le eriza la piel. Su mano izquierda se aferra a las solapas del abrigo cerrándolas convulsivamente. La derecha sostiene un pitillo, le tiembla el pulso y lo fuma a sacudidas.
Anda sin mirar, el cuerpo cavado por el miedo. Al llegar a la plaza de Colón, oye con nitidez las pezuñas escarbando el asfalto desierto. Una punzada de dolor le deja sin aliento, apoyado contra una farola. Con el corazón martilleándole el cerebro, decide continuar. La idea de regresar al apartamento vacío se le antoja insoportable. Ladea tambaleante la biblioteca nacional. Tuerce por la calle Villanueva. Jadea al subir la cuesta. Cruza Serrano, encogido, abrazado a si mismo. Unos pasos más adelante se encuentra delante de su casa, la casa de su niñez, encajonada entre dos bloques de oficinas. Mira con parpados caídos y vista nublada retazos de un jardín abandonado, ramas secas, parterres invadidos por las malas hierbas. Sacude la puerta débilmente. Se abre con un chirrido de hierro desvencijado.
El crujido de la gravilla bajo las pisadas se adhiere como una lapa a su recuerdo. Le rodean macizos de boj perfectamente tallados con forma de estrella. En su centro los rosales están cuajados de flores inglesas de perfume insinuante. Sube los escalones que lo separan de la entrada de la casa muy despacio, mimando el último fleco de vida con cuidados de matrona. Araña segundos, mantiene a distancia la bestia negra de cuerno afilado lista para embestir de nuevo. Al llegar bajo la marquesina se resbala. En su caída se agarra a un torso femenino cubierto por una túnica de piedra delicadamente plisada. El cuerno le atraviesa el pecho. La bruma le nubla la vista. Entra densa como un alud de nieve por la nariz, la boca, los oídos. Sus manos se aferran a la estatua, cincelando los contornos de su infancia recobrada de golpe. Sus brazos se enrollan alrededor del vientre mullido de musgo. Se desploma encima del pedestal. El soplo helado de la bestia se cuela a raudales en su sangre atascada, llenándola de esquirlas minerales.