La trampa.

Junto a la ventana. Edward Munch.

El jeep volvió a derrapar sobre al camino helado acercándose peligrosamente al barranco que lo bordeaba. La carretera con restos de asfalto había quedado atrás, al final de la aldea, una decena de casas abandonadas, donde se empeñaba en vivir el antiguo guardabosques, un viejo sordomudo con quién Jorge  mantenía largas conversaciones. El viejo miraba fijamente sus labios, a veces meneaba la cabeza de arriba abajo, otras  emitía sonidos  soterrados y la voz  fluía, sin interferencias, en la mirada ribeteada de rojo  hasta desbordar por el agujero maloliente de la boca desdentada.

Al frenar delante del refugio de montaña, el coche patinó de nuevo. El suelo estaba muy resbaladizo. Jorge tardó en descargar las bolsas de víveres. Andaba a pasitos cortos, temiendo caerse. No tuvo que girar la llave en la cerradura, la habré dejado abierta la última vez, se dijo encogiendo los hombros. Cincuenta años no son tantos para que me falle así la memoria, reflexionó mientras pulsaba el botón del generador. Arrancó al instante con ruido de motor al ralentí. Después de abrir las dos ventanas que flanqueaban la puerta, Jorge se acercó a la estufa. Al coger unos rastrojos y unos leños  que almacenaba en un hueco de la pared, notó como una masa velluda  rozaba su mano derecha erizando la piel de inmediato. Malditos roedores, masculló, el gesto torcido por el asco mientras disponía la madera en el hogar. Tardó en arder.

 Después de colocar un cepo en la leñera, Jorge  abrió una lata de cerveza, se tumbó encima del sofá situado frente a la chimenea y al hacerlo oyó el crujido de las cervicales al apoyarlas sobre el reposabrazos. Colocado de espaldas a la entrada su mirada atravesó  sin verlos los enseres destartalados y polvorientos que llenaban el espacio. El escritorio colocado tras suyo absorbía su mente tanto como la mochila  tirada encima y su maldito contenido. El borrador aburrido de una novela negra fallida en su base, las imprecaciones despreciativas del editor, almacenadas en el móvil, acalladas por falta de cobertura. Detrás de los gritos susurraban otras voces, inaudibles en la lejanía.

Al enfocar los ojos sobre los dedos  agarrotados alrededor de la lata, Jorge notó que los tenía amoratados. Consultó el reloj. Las cinco de la tarde. Le daba tiempo dar un paseo antes del anochecer, le vendría bien estirar el esqueleto, hacer ejercicio, despejar la cabeza. Del coche cogió  las zapatillas de trecking que tenía siempre a mano. Le dió pereza volver a casa para buscar la cazadora de alta montaña. Con el calzado adecuado podría andar a paso de marcha. No pasaría frío. Salió con el chaquetón de paño que llevaba puesto.

No había nevado desde hacía tiempo. Bajo la fina capa de hielo  se transparentaba una  tierra negra y dura. Al adentrarse en el bosque de robles y abedules, la luz gélida del atardecer se colaba, movediza, entre ramas agitadas por punzadas de viento. Jorge levantó los ojos.   Fascinado por la enrevesada arquitectura  vegetal siguió andando con la cara alzada. Un clic, un dolor punzante en el tobillo, una caída brusca, un golpe en la cabeza.   
Los párpados pesaban como plomo. Después de varios intentos para salir del letargo Jorge consiguió entrever la bóveda negra de una cripta alumbrada por el foco brillante de la luna. La escena clave y no resuelta de su novela. Incorporarse le supuso un esfuerzo enorme. La frialdad de los peldaños le llenaba la espalda de coletazos. Dobló el torso rígido. Al bajar la mano, tropezó contra una lazada de metal incrustada en el tobillo hinchado. En el extremo, colgaba un pie. Intentó zafarse de la trampa, soltar el gancho. Los dedos no respondían. Los acercó torpemente a la boca. Hundió  los dientes  en una masa acartonada donde dejaron una dentellada circular manchada de sangre. No sentía ningún dolor. Un ente extraño se estaba adueñando de su cuerpo.  Extenuado, Jorge se desplomó contra el suelo quebradizo. Antes de cerrar los ojos, la boca abierta en busca de oxigeno, percibió un crujido cercano. Ladeó la cabeza. La figura agazapada del guardabosques le estaba acechando entre  matorrales.

El grito. Munch.

Los párpados pesaban plomo. Jorge recordó confusamente que la última vez que cerró los ojos, cayó en un hoyo tan vacío, inodoro y silencioso que pensó que estaba muerto. Sin embargo, notaba como el corazón bombeaba sangre a trompicones volviendo a llenar sus arterías resecas.

Al intentar mover las piernas, sin éxito por encontrarse encajonadas, un latigazo de dolor le sacudió el tobillo perforándole el cerebro. La cara le escocía de forma insoportable. Levantó con torpeza el brazo derecho, cruzado sobre el otro encima del pecho. Oyó el rasponazo de la tela del chaquetón encima de una pared irregular. Consiguió acercar la mano a la cara pero no consiguió rascarse, los dedos rígidos se quedaron en suspenso, aflorando la piel, para desplomarse, amorfos, sobre la garganta. Concentró toda su energía en abrir los ojos. Su mirada se volvió bizca al tropezar contra un tejadillo abovedado, de una oscuridad sucia, situado a medio palmo de la cabeza, quebrado a intervalos regulares por delgadas líneas de luz macilenta. Del tejadillo colgaban unos filamentos oscuros. Uno de ellos le cosquilleaba la nariz. Estornudó. El filamento cayó encima de sus labios entreabiertos. Lo apresó con la lengua. La tenía hinchada. Su paladar tardó en reconocer el sabor a madera. Al estar lleno de aristas, lo identificó como una astilla.

Al escupirla, el brazo, que todavía descansaba encima de su pecho, se le antojó una losa comprimiendo la respiración vuelta sibilante. El costado izquierdo no estaba tan pegado a la pared como el derecho. Logró amoldar el brazo en el hueco. La manga del chaquetón debía de estar rasgada, irregularidades del suelo arañaban trozos de piel. Un clic muy fuerte, a la altura de la mano, retumbó en el zulo. Levantó el brazo y al ver un cepo para ratones colgando de la yema de su dedo índice, empezó a temblar. Escorzó la cabeza hacia atrás. Le crujieron las cervicales, exactamente igual que al apoyarlas sobre el reposacabezas del sofá, cuyas patas vislumbraba entre los intersticios de la rejas donde se escurrían los ojos entornados.

Al conocer las dimensiones de la leñera, por haberla llenado de troncos, la falta de aire se hizo más acuciante. Hizo reptar el brazo izquierdo hacia su cabeza, el cepo le rozó la oreja. Sintió la frialdad del muelle enroscarse levemente en el lóbulo para soltarse de inmediato. Con el brazo, colocado en ángulo recto por encima de la calva, empezó a sacudir la reja. Bien atornillada, metió ruido de feralla pero no se movió. El aleteo de la respiración, cada vez más corta e irregular, zumbaba en los oídos alejando el bombeo sordo del corazón alocado.

La estufa debía de estar funcionando, la pared derecha desprendía fuego. El sudor resbalaba sobre la piel, empapaba la camisa, los pantalones, caía en cascada sobre los ojos cerrados. Jorge intentó concentrarse en el vendaval que sacudía las vigas del tejado, en el viento colándose en las ramas, se obligó a proyectarse fuera, a llenar sus pulmones del aire helado de la montaña.

La cabeza empezó a dar vueltas a toda velocidad produciendo arcadas. Por la nariz solo entraba un hilito de aire. Jorge abrió la boca muy redonda, como un pez en una pecera sin agua, y entonces, solamente entonces, se acordó de un agujero maloliente desde donde veía manar, complacido, las millones de palabras encerradas en sus libros, aclamadas por vehementes gestos de cabeza.

La imagen en blanco y negro del guardabosques agazapado en la sombra le agarró por el pescuezo. Del cuerpo de Jorge, sacudido por espasmos, empezó a salir un grito de terror al que solo podía poner fin la falta total de oxígeno.

PS: este texto hace parte de una serie de relatos que giran alrededor del concepto del viento, del aire. Como soy un tanto contreras me he decantado por la idea de falta de aire, que además, ¡me venía de perlas para contar esta historia! Los promotores de la iniciativa son micromios y David Silva. Encontrareis los enlaces a sus blogs en mi blogroll.

Adjunto la lista de los participantes:

http://chrieseli.wordpress.com/2010/02/04/entre-las-nubes/
http://emieatworld.wordpress.com/2010/02/05/la-edad-y-la-agricultura/
http://noentiendonada.wordpress.com/2010/02/05/dorotea-y-el-tornado/#comment-359
http://conchahuerta.wordpress.com/2010/02/09/solo-el-viento/
http://cstax.wordpress.com/2010/02/07/idiotas/
http://silvacamache.wordpress.com/2010/02/03/un-regalo-del-viento/
http://micromios.wordpress.com/2010/02/03/el-viento-y-la-furia/
http://efimero.wordpress.com/
http://cuentochino.wordpress.com/

Autoretrato. Edward Munch.

Unos pasos resonaron encima de las losetas, unos pies se inmovilizaron delante de la leñera, unas botas claveteadas empezaron a dar violentas patadas a la verja. El grito se apagó de golpe sepultado bajo la laringe de Jorge contraída por el terror. Una llave chirrió muy cerca. La reja se abrió violentamente. Unas manos le agarraron con fuerza por debajo de las ingles, lo arrastraron fuera del zulo, lo auparon encima del sofá. Las cervicales, al apoyarlas encima del reposabrazos, debieron de crujir. Un alarido de dolor rasgó el espacio borrándolo todo.

El tiempo se detuvo una vez más. Al abrir los ojos vidriosos, una luz transparente iluminaba el escritorio, la mochila abierta, y la espalda del guardabosques ligeramente encorvada encima del escritorio. Estaba sentado de costado. Su mano, agarrada a la pluma de Jorge, corría encima del borrador abierto. El tiempo discurría al ritmo de hojas ennegrecidas de tinta apilándose una encima de otra. La cabeza de Jorge se balanceaba con cadencia de metrónomo. Una melodía oculta en pliegues secretos sonaba en sordina, fricción lancinante de cantos de papel en re menor.

Un sonido áspero sacó Jorge del sopor donde se hallaba sumido. El guardabosques arrastraba la silla desde la mesa hacía el sofá. El tiempo había seguido su curso. La luz del atardecer se colaba rojiza por la ventana. Una rama retorcida golpeaba el cristal. Los dedos del guardabosques, secos como sarmientos, le apresaron el cuello, retorciéndolo, posicionando la cabeza de tal modo que la mirada de Jorge iba a morir en la boca desdentada. Los labios agrietados empezaron a esbozar movimientos coordenados. Una voz salvaje, largamente reprimida, desbordaba con violencia de aquel agujero negro. El viejo iba leyendo, folio tras folio, el borrador de la novela acabada en unas horas de manera brillante. Narraba con precisión lo que le había sucedido a Jorge en estas últimas veinticuatro horas, lo que le estaba sucediendo y lo que le iba a suceder. Ya poco importaba. Jorge no sentía nada, solamente como la vida se iba alejando a pasitos quedos.

Jorge, antes de ser empujado hacía el vacío profundo del valle donde su corazón dejaría definitivamente de latir, fue resolviendo el enigma de su vida. Cuando había comprado el refugio, veinte años atrás, huyendo de su vida de pianista fracasado, nada le hubiera hecho suponer que en la huida iba a encontrar el éxito. Después de forzar el candado de la leñera, encontró una decena de cuadernos de espiral cubiertos de polvo. Se pasó unos días leyéndolos sin descanso, absorto por la genialidad de lo que resultaron ser unas novelas. Había fracasado con la música. La literatura, aunque usurpada, le iba a traer la gloria. Jorge asistió al éxito de la primera novela en calidad de participante estupefacto. Tras cada nueva publicación se adueñaba un poco más de la obra. Conforme iban pasando los años se iba desdoblando esplendorosamente como la cola de un pavo real. Adoraba al escritor talentoso que siempre había sido y que la todopoderosa ambición materna había machacado, empeñándose en convertirlo en la pianista que no pudo ser. El azar había reparado el error.

El último cuaderno estaba sin terminar. La novela era suya. Dominaba el estilo, había disecado el mecanismo de la escritura, no tendría ningún problema en zanjarla. Al acabar la novela y releerla, Jorge no pudo más que constatar que lo que había redactado no encajaba con el resto. Dos piezas de puzle incompatibles. Lo intentó una y otra vez hasta perder la cordura y volver a su refugio en busca de paz, del silencio complacido de su viejo amigo, receptáculo de la totalidad de la obra declamada de memoria; y también de su gloria exhibida con grandes aspavientos bajo la atónita mirada bordeada de rojo ¿Atónita? ¡Como había podido estar tan ciego! La mirada siempre fue torva como lo era ahora.

Un viejo inofensivo, le había dicho el pastor que le había vendido el refugio. Había llegado a la aldea, siendo todavía mozo, para pasar una temporada. Hacía falta un guardabosques, había pedido el puesto, se lo habían concedido. Los antiguos moradores de la aldea decían que había ido perdiendo el habla y después el oído. Quizá por pasarse meses sin ver a nadie encerrado en esta cabaña y las horas muertas acechando alimañas.

Puede pasear tranquilo por donde le plazca, había insistido el pastor, créame, no se le escapa ni una.

Fin

Pequeñas infamias, o la vida íntima de una ciudadana llamada X (2)… dando por supuesto que X es intercambiable y de sexo variable.

Memoria abstracta IX. José Manuel Ciria.

X observa de refilón como la viejecita del sombrero, en vez de acceder al supermercado por las puertas deslizantes de la entrada, se tropieza contra las de salida, como todos los días, a la misma hora, sobre las doce del mediodía. X lleva dos horas escaneando productos, dos horas oyendo el biiip de la caja registradora.

Se le escapa un suspiro más hondo que los demás. El uniforme le aprieta, demasiados donuts, recapacita salivando mientras se le clavan los botones en la lorza compacta de la barriga. Tiene ganas de rascarse pero ante la imposibilidad de hacerlo, al tener las manos ocupadas por una caja de cereales y una botella de amoniaco, X opta por meter tripa. Absorta en esta delicada misión no se da cuenta que a la botella de amoniaco le falta la arandela de seguridad.  Las uñas roídas de X, al tocar la superficie del envase, resbaladiza y corrosiva, empiezan a arder. X, de forma sincronizada, suelta la botella y pega un bote  mientras sacude la mano escocida y ahoga un alarido con la otra. En un movimiento reflejo alza los ojos hacia un cielo inexistente y su mirada  se tropieza con la cara de la compradora de amoniaco hurgando en su espacio vital y llenándolo de los miasmas de sus estornudos. Una mujer de su misma edad, treinta años recién cumpliditos, lo sabe por haber mirado numerosas veces su carnet de identidad. Lo malo es que la clienta tiene pinta de adolescente y ella de ser su madre.

La clienta, al ver las uñas en carne viva, esboza una mueca de asco y empieza a chillar: que si  tiene prisa, que si la clase de Pilates empieza a la una,y ¡que hace X, allí sentada como un pasmarote!, ¡que necesita una botella de amoniaco en condiciones, presto, prestissimo! X, al no poder dejar la caja, llama a una compañera para hacer el recado. La compañera tarda. Demasiado para la clienta, ya totalmente histérica, que empieza a despotricar ante el aspecto repugnante de las uñas de X. Repugnante y antihigiénico; eso es, antihigiénico, vocifera al encargado que atraído por la escandalera se ha acercado. Cuando llega la botella de amoniaco, X la coge con  las manos forradas de guantes de látex y con la prohibición absoluta de quitárselos en horario laboral.

A X, la verdad es que la bronca la trae sin cuidado, está acostumbrada a ellas, aquí y en casa, pero lo que no la trae sin cuidado son la tripa, de repente hinchada como un globo, los malditos botones cada vez más incrustados en la piel y las carnes despellejadas latiendo de dolor bajo el látex.

Ahora le toca el turno a la viejecita del sombrero, un sombrero ridículo de alto copete. Saluda a X amablemente, acerca un poco la cara a la suya  y le murmura  que lo siente, que lo ha oído todo, ¡que no hay derecho X, con lo buena que tú eres!, desde el tiempo que te conozco y el cariño que te tengo, ¡ay, pobrecita mía! X ayuda la viejecita a sacar sus compras, bizcochos, cruasanes, cuatro cosas compradas en la sección de ofertas. A  la viejecita  le baila la dentadura postiza y  solo puede comer bollería untada en leche. Siempre paga en efectivo. Le tiende a X su monedero y le dice como todos los días, cóbrate hija, cóbrate. La vieja, está medio cegata, tiene unas gafas con unos cristales tan espesos que no se le ven los ojos.  Además al pasar por la caja siempre se le empañan las lentes. ¿Porque será?, se pregunta X mientras abre con precaución el monedero de piel rasposo de desgaste. La compra suma ocho euros con cincuenta. X coge un billete de diez. No devuelve un euro con cincuenta sino cuarenta céntimos. El resto, el dinero justo para comprarse dos donuts de chocolate, lo desliza en el bolsillo del uniforme. La primera vez que lo hizo, a X  le temblaba un poco el pulso pero ahora lo único que le tiembla es la mandíbula ansiosa por hincar el diente en los bollos redondos.

La viejecita al llegar a su casa se quita el sombrero con presteza y, con sonrisa de prestigitador avezado,  saca de su copa, seis jugosos donuts de chocolate, pasados, como siempre, delante de las narices de la pobre tonta de la caja numero 2.

El tiempo de un habano.

Desnudo en rojo. Modigliani

Tras el amplio ventanal del cuarto de estar, sumido en la oscuridad, acecha el caos de la ciudad. Unos rascacielos  negros se perfilan contra un cielo gris alumbrado por el brillo acerado y redondo de la luna.

Delante de la chimenea, una mujer,  tumbada encima de una otomana de terciopelo granate, contempla el fuego. Apoya su cabeza ladeada sobre la palma de la mano derecha abierta en abanico. El codo se hunde en un cojín azul donde se desdibujan arabescos gastados. Las llamas  alumbran su cuerpo desnudo borrando contornos inciertos.

Sentado encima de un sillón cercano, un hombre, con el abrigo todavía puesto, termina de fumar un habano. Cuando aspira el humo, la brasa, al rojo vivo, descubre una mirada centelleante de rescoldos.

Ella siente los filamentos de la mirada del hombre acariciar su espalda, y su espalda, bajo esta mirada tan densa,  empieza a vibrar de forma primitiva. Las llamas crepitan, llenando su cuerpo de murmullos. Se  gira hacía él, lánguidamente, porque sabe que tal es su deseo, reposa la cabeza sobre el cojín, una mano bajo la nuca, mientras  la otra, guiada por la ansiosa mirada, acaricia la suavidad de sus pechos, los retiene en su palma, los moldea y los yergue.  La oscuridad  se comprime apelmazada de humo. La  mano sigue bajando revelando una carne frágil despojada de límites.  Una quemadura percute la piel, una mano masculina se une a la suya, la aparta y prosigue en solitario la experiencia secreta. La mano salvaje y dulce la crea,  explorando la jungla íntima y exuberante de su vientre. Las formas reconocibles  se hunden. El latido del mundo se contrae, loco de silencio, al borde de unos labios temblorosos y húmedos.

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Dieu est un fumeur de havanes. Serge Gainsbourg et Catherine Deneuve.

La escalera.

 

Maurice Pittet

¡Maldita sea!, masculló Silvia, al comprobar que por mucho que apretara el interruptor, los halógenos de vestíbulo no se encendían. Se dirigió hacia el ascensor guiada por la luz incierta de una farola situada a escasa distancia de la puerta acristalada del portal. Al pulsar el botón, no se deslizaron las puertas de acero brillante. Presa de rabia, Silvia estampó las llaves contra el suelo de losetas. El ruido metálico rebotó en los recovecos del inmueble deshabitado convirtiéndose en un martilleo de ecos agudos. Era la primera vez que se iba la corriente desde que Antonio y ella se habían ido a vivir al ático, en el mes de septiembre. Y también la primera vez que Antonio no dormía en casa por hallarse de viaje. Silvia queriendo apaciguar el sentimiento de ausencia, sacó el móvil del bolsillo y marcó el nombre de su compañero. Una voz cálida le contesto al momento y al siguiente enmudecía, a falta de batería. Silvia maldijo su mente olvidadiza con voz chillona. Las paredes le devolvieron un alarido. Trastornada, convirtió sus imprecaciones en un soliloquio murmurado : mira Antonio, ya te dije que no querría trasladarme aquí, que me daba igual que fuera una ganga, que vivir en un edificio vacío, en medio de unas obras sin acabar, ¡maldito pocero!, no es vida. ¡Silvia, que el piso es una maravilla, 150 metros rodeados de terrazas! Sí, con vistas a una escombrera. Mujer ya verás, en cuanto pase la crisis, volverán a construir, tendremos vecinos. ¡Puede, pero de momento solamente tenemos al portero!… Silvia, pero si es muy amable y servicial. Antonio, servicial no es la palabra, la palabra es… es, escurridizo, empalagoso hasta la nausea. Y cuando abre la boca, apesta. Dices halitosis y yo digo rata. Sí señor, rata, y además podrida. ¿Sabes qué Antonio?, voy a coger las llaves, voy a respirar hondo, voy a iniciar la escalada, voy a llegar a casa en un tiempo record y mañana hablaremos. Envalentonada Silvia subió el primer tramo de escaleras a paso de carga guiada por las luces verdes de emergencia. En el rellano se paró para recobrar aliento. Silvia, al vivir en el quinto y último piso, había cogido siempre el ascensor, por lo tanto se encontraba en territorio desconocido. El espacio estaba bañado por una luz azulada proveniente de una ventana situada frente a la escalera y al hueco del ascensor. En cada lateral, dos puertas de contrachapado. Silvia, al pensar en los espacios vacios que la rodeaban se subió el cuello del abrigo. Al oír unos arañazos detrás de una de las puertas, Silvia se quedo paralizada, deslumbrada por un flash portentoso: allí vivía el portero. Nunca había mencionado tener un perro y Silvia jamás lo había visto, ni oído un ladrido…de repente rememoró el olor aborrecido. Silvia empujada por sus músculos tiesos como fustes, empezó a subir el segundo tramo, convirtiendo la línea quebrada de los peldaños en una línea continua subida al galope. Al llegar al cuarto piso sus pies tropezaron contra el último escalón. Su cuerpo exhausto chocó sobre el suelo helado. El corazón, comprimido entre el diafragma tenso y las costillas encogidas bombeaba duramente en las sienes. Silvia husmeó el ambiente. Olía a escayola húmeda y a frío. Ni rastro de podredumbre. Al ponerse de pie, agarrándose al poyete de la ventana, notó dolor en el tobillo izquierdo. Afuera unas hileras de farolas alumbraban calles bordeadas de solares cubiertos de basura donde grúas se perfilaban sobre un cielo sucio cargado de lluvia. Las gotas, al caer sobre los andamios que todavía rodeaban la casa, metían ruido de metralla. Silvia, aferrada a la barandilla, emprendió el último tramo. El pie se le hinchaba por momentos. El desamparo y el miedo habían limado sus fuerzas. Resoplaba como un batracio a falta de oxigeno. Al llegar a su rellano, donde solamente había una puerta, la suya, ninguna ventana, pero sí un espejo, volvió a chillar al adivinar una figura agazapada en la oscuridad verdosa. Tardó unos largos segundos en darse cuenta que la amenaza encorvada y deforme era su propio reflejo. Después de varios intentos consiguió meter la llave en la cerradura. En la penumbra del piso Silvia empleo sus últimas energías en bloquear la puerta con el cerrojo. A pesar del ruido emitido por la lluvia al golpear el tejado, Silvia empezó a recobrar cierta serenidad y de no ser porque unas garras pringosas se clavaron en su cintura mientras un aliento fétido corroía su cuello, Silvia se hubiera dejado caer en posición fetal sobre la mullida alfombra blanca.

Pequeñas infamias, o la vida íntima de una ciudadana llamada X (1)… dando por supuesto que X es intercambiable y de sexo variable.

Duncan Wylie

X  odia los domingos y cuando llueve mucho más. Su ex tiene la custodia de la niña los días festivos y, aunque durante la semana, esta  resulta ser un estorbo en la ajetreada vida de su madre, el sábado y el domingo, X echa de menos una presencia. Un perro podría ser la solución, ya que su amante, tan disponible los días laborables, pasa las fiestas de guardar en su casa de campo. Familia obliga. X siente como la barbilla le empieza a temblar, como unas lágrimas empañan sus ojos. La habitación, a pesar de ser las dos y media de la tarde, está sumida en la oscuridad. ¡Un pozo, estoy hundida en un pozo!, chilla X entre torrentes de lágrimas comprimidas, mientras golpea la pared forrada de seda.

Pasado el breve pero intenso ataque de rabia, X, mujer de horarios fijos,  se dirige hacia la cocina para prepararse un tentempié. Mientras tuesta pan, coloca encima de una bandeja de laca negra, un plato donde ha dispuesto unas lonchas de salmón ahumado, compradas la víspera en una tienda de delicatessen, una botella de albariño, una copa de cristal de Bohemia y una servilleta de hilo. De vuelta al cuarto de estar, deposita la bandeja encima de una mesa auxiliar situada al lado de una chaise longue donde se acomoda después de haber encendido la televisión, situada de frente.

X , a pesar de tener la nariz hinchada y la garganta irritada por el reciente ataque de llanto, saborea la carne jugosa del salmón deshaciéndose, tierna, dentro del paladar, inhala el delicado aroma desprendido por la copa de vino, suavemente mecida por su mano, prolongación lánguida de su cuerpo preso de un bienestar inesperado.

De repente, unos gritos desgarrados llenan el espacio, unas imágenes de una violencia extrema invaden el campo visual situado delante de X. Su mandíbula se paraliza, la copa, peligrosamente inclinada, se derrama encima del jersey de cachemir. La cámara enseña cadáveres hinchados tirados en la calle, un periodista dice que camiones de basura los recogen. X, aterrorizada, se atraganta con el salmón convertido en un amasijo rasposo. Se ahoga, le cuesta respirar, tose. Entre sacudida y sacudida, vislumbra a través de sus cristalinos empañados, unos bomberos revolviendo escombros, intentando encontrar supervivientes. Unos hombres encaramados encima del techo de hojalata de una ruina colindante se ríen  blandiendo su botín, una sartén y un par de latas. ¡Desalmados!, vocifera X. La cámara se pasea por la calle devastada. Se oyen gritos de júbilo. La cámara vuelve a paso de carga. Los bomberos han encontrado algo. Extraen una forma yacente y la depositan encima de una camilla. La cámara se acerca, la figura cobra corporalidad, es una mujer. La cámara saca un primer plano de una cara desencajada. Los bomberos intentan introducir agua en la boca. La mujer la vomita presa de convulsiones. Tras  la máscara de polvo se adivinan facciones. Tiene mi edad, ronda la cuarentena, concluye X, en un entreabrir de ojos. El terror se convierte en piedad. Que calvario, Dios, que calvario, susurra X  delante del cuerpo desarticulado. En la pantalla se imprime el número de teléfono de una entidad bancaria con el siguiente slogan: una llamada= un euro de ayuda para los damnificados. X coge el móvil, marca compulsivamente la cifra indicada una docena de veces, puede que más, quizás menos, y reza una letanía muda que retumba como un eco ensordecedor en las paredes vacías de su cráneo: pobrecita, pobrecita, pobrecita…

Las llamadas difuminan el eco. X ralentiza el gesto, la mirada se calma y se fija en la hora ¡las tres y media! El pan tostado está frío, el vino templado. El salmón sigue jugoso. En un santiamén X ha dado buena cuenta del almuerzo, pero no de la botella medio vacía. No,  ¡medio llena!, rectifica gozosamente X. Con sonrisa ladeada, acurrucada dentro de su lujoso jersey de Prada,  piensa que, afortunadamente,  el vino blanco no deja manchas.