“Que me perdone Hopper”. Atascada.

New York Movie. Edward Hopper.

No tiene mucho que ver una sala de cine con la sabana africana, sin embargo sientes como tu corazón se debate, ya vencido, en tu caja torácica, el aliento del león en la nuca.

Eran las siete de la mañana y os dirigíais a las cataratas Victoria en un jeep descubierto. John te  tenía enlazada por detrás de la cintura  y tú, la cabeza reclinada sobre su hombro, respirabas retales de noche. Al despertar habíais sonreído al comprobar el desorden de la cama con ganas de desordenarla un poco más pero el guía os esperaba para visitar las cataratas Victoria,  “el humo que truena” contemplado desde la ventanilla del avión, nube de partículas de agua subiendo desde la planicie parda de Zimbabue.

El jeep enfilaba la carretera  que os llevaba desde el bungaló hasta las cataratas. El chofer y el guía te tapaban la vista frontal. Mirabas de lado el paisaje, triángulo  enmarcado por el brazo de John. En realidad no lo mirabas, husmeabas el misterio salvaje contenido entre los hierbajos secos y la maleza: el rugido del león al detectar una presa, una correría breve terminada por un alarido, el guía al acecho, el conductor acercando el jeep con cautela y allí delante de los focos del coche alumbrando la escena,  el león y su manada devorando una gacela, indiferentes a todo lo que no fuera sangre y crujido. Tu sangre golpeando los tímpanos,  los crujidos de la cama.

El chofer pegó un frenazo, un elefante desplomado tapaba media carretera. Lleva poco tiempo muerto,  comentó el chofer, al venir no estaba. Al contornear el cadáver, alargaste la mano y tocaste la piel gruesa y rugosa. Una armadura, pensaste al ver unas cabezas aguzadas  asomarse entre la maleza. Hienas, precisó el guía. Al alejaros, miraste atrás. Unos pajarracos negros sobrevolaban el cadáver en círculos  concéntricos.

El resto, te gustaría rebobinarlo, cortar la escena que sobra, pegar las extremidades de la película y volver a visionarla pero no puedes. El paseo al lado de las cataratas, la lluvia invertida,  la felicidad intensa de un momento en suspenso encima de la piscina del diablo, todo esto quedó pulverizado por una llamada de teléfono.

Estabais comiendo, John se levantó. Los negocios me llaman, o mejor dicho, yo a ellos, perdóname amor mío, solo será un momento, te murmuró al oído, mordisqueándote el lóbulo de la oreja.

Necesitabas ir al baño, tenías que atravesar el salón.

Te daba la espalda sentado encima de un sofá, la mano asida al teléfono. Te quitaste los zapatos para no meter ruido y sorprenderlo con un beso en la nuca. Lo hiciste muy bien, no te oyó llegar. Susurraba palabras de amor a tu rival que había jurado haber olvidado. El viaje sellaba el pacto.

Al volver al bungaló, destacando sobre el cielo rojo del atardecer, solo quedaba la carcasa del elefante. Tu tiempo se atascó en Zimbabue, el entreacto se hace eterno, cruje una butaca  y suspiras más aburrida que otra cosa.