«Que me perdone Hopper». Long is the time.

Door. Edward Hopper.

 ¡Baja los  escalones! ¡Franquea la puerta! Olvida el encierro, el olor a naftalina, el tiempo parado, las agujas que avanzan, el sonido del carillón ¡Deja de esperar!  ¿Nunca se te ocurrió que el color turquesa  pueda esconder una planicie de barro? No sigas oteando un horizonte que no va más allá de la punta de tus zapatos por pisotearlo cada día.

La puerta está abierta, ¿te asusta el olor a humus, a vegetación que vive, muere y renace?  ¿Prefieres ahogarte en las raíces de un vacío que lo traga todo? No eres más que una ninfea de alcantarilla. Alcantarilla aséptica, te lo concedo, tus pétalos quemados apestan a desinfectante.

Ya sé lo cansada que estás  de bajar escaleras subterráneas,  te marea su giro, te asquea el contacto de las  larvas pegadas al muro. El muro de un pozo. En el fondo de su oscuridad te esperan un par de ojos de gelatina blanca. Tiemblas de miedo, el corazón  topa contra la piedra, ding—-dong—– ding—-dong—-, campanadas sordas de tu propio  funeral.

Haz me caso ¡arranca los clavos,  abre la tapa a puñetazos, sal a la luz y mézclate con los otros!

¿Qué luz, qué otros?