Caminando por las calles de enero.

 

Oleg Dou.  Another face.

 

Caminaba por las calles de enero.  El viento y la lluvia le azotaban el rostro con fuerza. A pesar de sujetarse las solapas de la gabardina alrededor del cuello, gotas de agua que chorreaban de su gorro, lograban colarse hasta su espina dorsal erizando su piel cubierta por una camiseta cogida al azar. Una camiseta de verano. Una camiseta de verano en pleno invierno… nunca le hubiese ocurrido esto antes ¿Antes de qué? Antes de que la despidieran, antes de la mudanza. Antes del verano. Antes.

Antes era ahora y ahora caminaba por las calles de enero para rellenar el tiempo, para no perder el juicio, para dar un sentido a su vida, para no quedarse parada como los parados que siempre había calificado de vagos. Andaba hasta derramarse exhausta en la silla de un bar donde se quedaba horas mirando como  la consistencia acuosa del café adherido a la taza se iba secando, para después resecarse y quebrarse. Se sentía, cada vez más a menudo, como el café: seca, reseca y quebrada.

 ¡Quebrada, no! ¡Jamás! Este adjetivo no hacía parte de su vocabulario. Se marchaba muy erguida alejándose con desprecio del maldito café, su amargura pegada al paladar, y caminaba de nuevo por las calles de enero.

Quizá fuese por el tiempo, pero, hoy, el trabajo de caminar le estaba resultando más duro que nunca. Delante de unos grandes almacenes se tropezó con una masa de  ojos febriles y rojos. Miles de voces le chillaron con altavoz ¡Apártate de nuestro camino, chiflada! Huyó, tapándose los oídos. Se dio de bruces con una mujer con sombrero de panamá deformado por el agua, gabardina chorreante y mirada perdida. Se excusaron ambas con un mismo balbuceo.  Algo reconfortada por este encuentro, se sintió menos excluida de la brutal soledad producida por la horda, dispuesta a reanudar su trabajo.

Un pie delante del otro, 60 latidos al minuto. La vida no era tan complicada después de todo. Bastaba esforzarse hasta que amaine el temporal. Visto la que caía, la palabra le hizo gracia. Después de aplicarse en cumplir su tarea, en subir y bajar muchas escaleras de metro sin coger ninguno, de esperar un bus que nunca llegaría, de pisar cristales rotos en esquinas heladas, de ver demasiados cuerpos sin nombre bajo techos de cartón y demasiada basura en la frialdad de demasiados rostros, después de todo aquello decidió cogerse la tarde libre.

 Compraría unos cuantos tetra bricks de tintorro antes de volver a casa, se quitaría el sombrero deforme, la gabardina empapada y allí, en la oscuridad de su dormitorio,  dejaría de contabilizar sus pasos, de mirar el segundero del reloj, de atesorar los latidos de su corazón y se moriría una tarde más para tener el valor de  despertarse a las siete en punto de la mañana y afrontar otro día de trabajo: caminar por las calles de enero.